Abrí el correo mientras buscaba el orden necesario para el siguiente cuento de la serie. La misma mujer de la que iba a contar la historia me había enviado un link que llevaba directamente hasta una cita: "Huérfano de todo logro en este mundo atareado y polvoriento, me di de pronto a recordar a todas las muchachas que había conocido, evocándolas de una en una, hasta que me asaltó la idea de que todas me superaban en conducta y raciocinio. […] Pero no importa cuán imperdonables mis crímenes, no debo permitir que todas las adorables muchachas que he conocido pasen al olvido por mi maldad o mi deseo de ocultar mis defectos". Del Sueño de las mansiones rojas de Cao Xuequin.“Espera”, eso me decía siempre mi padre. “Toma el fracaso como punto de partida y el amor como si fuera un dogma de fe”. Supongo que a él no le funcionó nunca y de ahí su insistencia. La misma insistencia y confianza que tenía en un trabajo mecánico y manual para despejar la cabeza. Abrí una libreta huérfana y comencé a copiar la frase que todavía brillaba en la pantalla una y otra vez. Y mientras la copiaba, la iba aprendiendo de memoria y saltándome palabras hasta que el tipógrafo de mi mente decidió llenar una página con solo tres palabras “crímenes, maldad, defectos”. Crímenes, maldad, defectos, el resumen perfecto de una vida de fracaso. El punto de partida.
Ahora sólo quedaba esperar.

