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martes, 11 de agosto de 2009

Anónima

Abrí el correo mientras buscaba el orden necesario para el siguiente cuento de la serie. La misma mujer de la que iba a contar la historia me había enviado un link que llevaba directamente hasta una cita: "Huérfano de todo logro en este mundo atareado y polvoriento, me di de pronto a recordar a todas las muchachas que había conocido, evocándolas de una en una, hasta que me asaltó la idea de que todas me superaban en conducta y raciocinio. […] Pero no importa cuán imperdonables mis crímenes, no debo permitir que todas las adorables muchachas que he conocido pasen al olvido por mi maldad o mi deseo de ocultar mis defectos". Del Sueño de las mansiones rojas de Cao Xuequin.
“Espera”, eso me decía siempre mi padre. “Toma el fracaso como punto de partida y el amor como si fuera un dogma de fe”. Supongo que a él no le funcionó nunca y de ahí su insistencia. La misma insistencia y confianza que tenía en un trabajo mecánico y manual para despejar la cabeza. Abrí una libreta huérfana y comencé a copiar la frase que todavía brillaba en la pantalla una y otra vez. Y mientras la copiaba, la iba aprendiendo de memoria y saltándome palabras hasta que el tipógrafo de mi mente decidió llenar una página con solo tres palabras “crímenes, maldad, defectos”. Crímenes, maldad, defectos, el resumen perfecto de una vida de fracaso. El punto de partida.
Ahora sólo quedaba esperar.

martes, 21 de julio de 2009

Laura


Estábamos recién despiertos.
- El padre de mi abuelo tuvo que huir del Zar. Los anarquistas habían dinamitado la estatua que él debería estar vigilando. Supongo que las noches frías y el barato licor de patata pesaban más que la obligación. A los terroristas los fusilaron tres días después al amanecer, unas horas antes de que él descendiera del tren en Weinberg, la última estación antes de Berlín.
Con Laura siempre había dos posibilidades. O era una mentirosa, una bella mentirosa con demasiada imaginación libresca, o que lo interesante de su familia se remontara a bastantes generaciones atrás.
- Y mi abuelo el italiano, el fascista, huyó también de su país. Pero en su caso fue por demasiado despierto. Tanto que salió de Roma el mismo día que el primer contingente aliado ponía el pie en Sicilia, en tierra italiana por primera vez. Era jefe de información del Duce así que fue el segundo en leer el cable que lo anunciaba. El primero había sido el telegrafista que se unió a su fuga. No sé a cuál de los dos me recuerdas. De mis ancestros.
Ella me recordaba a mi padre, a uno de los consejos que me repetía una y otra vez. “Cuando una mujer comienza a hablarte de su familia es que ella misma quiere formar una”.
- Acabarás huyendo. Dejándome sola.
Ante las dos sencillas opciones que ofrecía semejante afirmación, contestar con escuetos, y probablemente falsos, “sí” o “no”, opté por una formula trillada, aprendida hace tiempo, “por hoy y por mañana, sí”.
- Lo sé. Sé que acabarás huyendo. No sé cómo lo sé pero lo sé. No es intuición femenina. Es sabiduría.
- ¿Un trabalenguas a estas horas de la mañana?


(del cuento “Laura” de C’est ne pas mon journal)

martes, 14 de julio de 2009

Valeria

Valeria me corrigió el nick una vez, una sola vez en la que la prisa podía haber confundido quizá los dedos, quizá la memoria. Después de aquella corrección, seguimos hablando por messenger. Pasó una semana de eso que los anglosajones llaman small talk. Música, libros, películas. Chatear con ella siempre me recordó el verso de uno de los Contemporáneos. Gustos semejantes, opiniones diferentes por sistema. Nunca tuvimos un desacuerdo y ahora supongo que fue, sencillamente, por lo difícil que es llevar la contraria a alguien que no conoces. Siempre pisamos suelo seguro. El hype nunca se equivoca; nosotros tampoco. Siempre hablábamos de valores seguros. Ella siempre me preguntaba “¿qué haces?” y le contaba mi cotidiana vida. Yo le devolvía menos veces la pregunta. No porque no quisiera saber de ella sino porque el misterio siempre, casi siempre, asegura el interés.
Valeria no sabía (y supongo que nunca lo sabrá hasta que algún día, si se publica este libro, lo lea. Si lo lee) que la confundía con una amiga de mi ex. A la otra Valeria, cantante de medio pelo en un grupo trovero, también le gustaba la música, suponía aunque nunca habíamos hablado de eso. Pero presuponía que era ella. Mariana me avisó con un breve mensaje de texto que había muerto la abuela de Valeria, “tu amiga” terminaba como con jiribilla. Accedí a acompañarla al velatorio en el que nos sentíamos extraños entre tanto extraño.
– Ya sabes que estamos para lo que haga falta. – fue lo que le dije, usando la formula que siempre uso en semejantes circunstancias, a la nieta de la difunta. Y añadí – Ya sé que no es este el momento pero gracias por la corrección de mi nick.
– Yo ni siquiera tengo tu correo electrónico. Creo que te estás confundiendo. De todos modos, gracias por estar aquí.
A la mañana siguiente, mi primera pregunta en el messenger, incluso antes del “bonito día” de rigor fue “¿de qué nos conocemos?” y Valeria me explicó la historia, su parte de la historia.

(primeros párrafos del cuento “Valeria” de C’est ne pas mon journal)