es un post-it en la pared frente a mi escritorio que dice "Faire et se taire" (Flaubert) que yo traduzco para mí como "Cállate y a darle".
(Helen Simpson en la serie de The Guardian).
La columna de los sábados en La Jornada y apuntes diarios.
es un post-it en la pared frente a mi escritorio que dice "Faire et se taire" (Flaubert) que yo traduzco para mí como "Cállate y a darle".
(Helen Simpson en la serie de The Guardian).
This is not for you.
(Dedicatoria de House of Leaves)
Uno de los logros más difíciles en literatura, en narrativa especialmente, es lograr escribir una obra radicalmente contemporánea, no sólo en ambiente sino también en ideología y tendencia, una obra en que confluyan las verdades pero también las contradicciones del momento en que se está escribiendo. Cuando alguien lo logra se está ante algo totalmente diferente nuevo (así avanza la literatura: basta recordar que el soneto, ahora tan asumido no fue más que una innovación extranjerizante y bárbara), aunque la desventaja es que si sale mal, demasiado apegada a su propio lustre de modernidad, el resultado es deleznable.
Lo bueno
House of Leaves (Ramdom House, 2000) de Mark Z. Danielewski, libro del que las primeras páginas aparecieron traducidas en México Kafkiano, es una de esas obras que deja al lector con la impresión de que ella, la novela, está muy, muy por encima de él. Complejo como es quien entra a él, como quien entra a una casa embrujada (que de eso en parte va el libro), va tomando retazos de las múltiples historias que se entrecruzan.
En la novela que leemos, escrita por Zampanó, al menos una parte pero con comentarios, en forma a pie de página, de esas que se apoderan del texto y son a veces mayores que el propio capítulo en que se encuentran, que salen de la historia y cuentan algo que nada (o mucho, pero sólo acontece en la cabeza de quien lee) tiene que ver con el texto original. De hecho, hasta la tipografía, diferente para cada una de las voces ayuda a la comprensión (o, y es el problema de obras como esta, a la confusión).
Lo que comienza con la muerte de un personaje extraño, ciego, solitario, con su cuarto perfectamente encerrado, se va convirtiendo, poco a poco, en el estudio de dos cortos preliminares a una película, The Navidson Record, que ocupa quinientas páginas, a las que hay que sumar hasta llegar al total del libro los dos apéndices que juntan doscientas páginas más, con fotografías, poemas, borradores, bocetos, dibujos y casi todo lo que quepa dentro de dos tapas, incluido un índice temático que deja afuera la mitad de las referencias y que es críptico como el resto del volumen.
Lo que más puede atraer al lector, o asustarlo definitivamente, es el formato del libro (uno de cuyos detalles es que cada vez que aparece la palabra "house", aunque sea en alemán o en griego clásico, hasta la portada, lo hace en color azul) que tiene no sólo páginas en que apenas una esquina está escrita o una palabra apenas sino un formato que sólo viéndose al natural puede comprenderse en toda su complejidad, una complejidad que cumple el dictum sobre cuando una obra, más o menos incomprensible, es "buena", cuando quien pone todo su esfuerzo en luchar contra ella sale de la pugna recompensado con más placer del dolor que le puso.
Lo malo
A pesar del consejo del maestro Valdivia ("nunca hay que gastar el papel y la tinta que nos prestan en hablar de algo malo cuando hay tantas cosas buenas de las que hablar"), Providence (Anagrama, 2009) de Juan Francisco Ferré merece, aunque sólo sea por lo exageradamente caro, unas líneas. Dejando claro desde la portada de qué va la cosa con una fotografía warholizada (por el posmoderno nocillesco por excelencia: Fernández Mallo), la novela, rozando casi las seiscientas páginas, no es sino una sucesión, unida apenas con la historia de Alex Franco, chiste fácil, de escenas que mezclan la historia Lovecraft, una historia del cine demasiado fácil, sociedades secretas, escenas de sexo escritas que parecen escritas más por necesidad de epatar, y personajes que parecen traídos por los pelos. Eso sí, hay muchos críticos a los que parece gustarle. Tal vez, el error sea entonces de que no todo puede agradar al lector.
Dos buenos consejos
"Lleva un lápiz para escribir en los aviones. Las plumas gotean. Pero si se rompe el lápiz, no se le puede sacar en el avión porque no se puede cargar con nada afilado. O sea, lleva dos lápices" (Margaret Atwood). "Evita los aplausos fáciles, las mafias, los grupos. La presencia de una multitud no hará tu escritura mejor de lo que es "(Zadie Smith). Ambos postulados de la serie de consejos de escritores que está publicando The Guardian, uno de los periódicos con mejor sección cultural del mundo.
Banda Sonora
"UNA ÓPERA EGIPCIA.
Los gitanos llamaban así a las obras maestras que agotan los superlativos, aquellas cuyo origen parece sobrenatural. J la escuchó referida a La Niña de Los Peines, pero la expresión tiene casi 140 años y fue acuñada a raíz de que a Verdi le encargasen una ópera para la inauguración del Canal de Suez" (del boletín de prensa que anuncia el nuevo disco de Los Planetas).
Con a.
Un húngaro mutiló la Piedad de Miguel Ángel
para José Emilio Pacheco
Sé que los artistas y mucha gente buena
no estará de acuerdo conmigo
ahora que acaban de llorar en asamblea
y sus lágrimas fueron noticia
por France Press, por United Press.
El mundo amaneció mutilado
porque a la Virgen de mármol le falta un brazo
la nariz, el velo, el ojo de la ternura
igual que los monstruos de guerra
cuando llega el médico a dar fe
y recoge en una sábana los sueltos pétalos
le duele al mundo que le hayan cortado una flor
cuando el cadáver de Cristo
extrañó los dedos sutiles que lo acunaban
y le dio miedo caerse por cuarta vez
quebradizo en la piedra del genio
y en la carne de obreros con que lo esculpió María.
Por el martillo hay que llorar, no por el mármol
por este pobre húngaro Laszlo Toth
vuelto loco, sin patria, sin familia
vagando como un gato en las calles de Roma
rabioso y solitario y muerto de hambre
al cruzar el Puente de las Cadenas de Budapest
encienden los faros los automóviles
una barca lleva por el Danubio
racimos de naranjas
y un sol de oro se enhebra en las góticas agujas
ay Hungría, pequeña y luminosa como gota de sangre
por ti pido perdón, Laszlo Toth
por ti y los suspicaces que no quieren perdonarte
y eres nuestro hijo
en carne violenta te engendramos
en cólera y en rabia
húngaro maniático, a ti quién te restaura
quién va a ponerte en su lugar la mano
el ojo, la razón, la vida
qué amor va a sostenerte en vilo la esperanza,
yo reclamo otra piedad para un hombre mutilado.
La apasionante historia del húngaro y la estatua, en Letras Libres.
Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas: y mi honda es la de David.
(José Martí)
Tras repensar el mito de Prometeo a la luz de Albert Camus en uno de los ensayos más significativos de posguerra, y que no ha perdido ninguna validez, Pensar el ensayo (Siglo XXI, 2007) de Liliana Weinberg se lanza a un libro que es, al mismo tiempo, una defensa, una apología, una aclaración y un estudio académico que utiliza, raro en estos tiempos, la jerga como un instrumento y no como un exhibicionismo.
"Ensayar el ensayo: interpretar una interpretación; representar una representación; presentar una operación que se desenvuelve en el presente", esas son las palabras con que, apenas en la página dieciséis, la autora explica el ensayo al mismo tiempo que explica el mecanismo que va a regir su libro. Explicar entendiendo, tomar como pauta un texto de, por usar otra denominación del género, "prosa no ficcional" para analizarlo y explicarlo. De este modo, Pensar el ensayo camina a la par de los grandes, y a veces menos conocidos en esa faceta, ensayistas que pueden marcar pautas, abrir claves, obligar al lector a replantearse las ideas, preconcebidas, sobre el ensayo. A la par que Liliana Weinberg, se lee a Martí, de ahí el epígrafe, a Piglia, a la Woolf, a De Quincey, a Walter Benjamin y a Tomás Segovia, entre muchos otros. Cada uno de los autores arroja luz sobre los múltiples matices que presenta el género.
El ensayo parece pedir que, aunque jamás dogmático, si conserve aquel dictum del Señor de la Montaña, citado por Weinberg, "los trazos de mi pintura no inducen a error, aunque cambien y se diversifiquen". El ensayo, sí, y también la literatura toda. Literatura que, como queda explicado en los dos últimos capítulos del libro, fundamentales e inteligentes pues además tratan de dos autores, Paz y Borges, a los que Liliana ya había tratado anteriormente y en profundidad, se difumina en la frontera entre géneros, poesía y ensayo, ensayo y ficción, literatura que también es el ensayo que, con la pequeña acotación "desde una perspectiva esencialista y ahistórica", "no puede verse sino como género impuro, mixto, marginal, ambiguo, inestable, impreciso, fuera de lugar e, incluso en una mirada extrema, como 'género degenerado'". Y, por ello, para evitar esas miradas al ensayo, libros como éste, permeado de amor a dicho modo de escritura y de una más que sólida base intelectual, resultan tan necesarios.
Dice Elytis
Citado en Pensar el ensayo. "Palabras venidas de mucho tiempo atrás, u otras más nuevas, incluso modismos, se agolpan en la punta de tu pluma, se remueven como si pidieran algo, saltan hasta el punto de incluso salpicarte el rostro mientras la prosa se hunde en los sucesos y las gotas del chapoteo llegan hasta la cubierta, te empapan, te pegan en la frente consignas de manifestaciones, emblemas de partidos, clamores. Continuamente es necesario que rechaces, que niegues, que elijas, que adoptes"
Una afirmación
Con la que termina el libro. Casi un exordio, a pesar de esa posición final. "En su dimensión como poética del pensar, en su capacidad de ofrecernos nuevos miradores para entender el mundo, su más profunda ley intelectiva, se nos muestra como la más íntima forma de vivir lo social y la más pública forma de dar a conocer nuestro singular modo de sentir el mundo".
Javier Acosta Escareño
Premio de Poesía Aguascalientes 2010 dijo hace un tiempo: "Los poemas tienen una fuerte utilidad social pues ayudan a mitigar el estrés, ya que establecen un claro en la cotidianeidad de las personas y ayudan a olvidar el tiempo de la necesidad, ese de lidiar con el jefe, ir al trabajo, de cumplir deberes, entonces el arte emancipa al mundo de compromisos sociales y le permite la relación interior". Y toda la razón sea para él.
Esther Seligson (1914-2010)
"¿Cómo se arma un libro? Igual que un barco, le respondí a mi nieta, requiere de muchas travesías, de algún naufragio, tocar puertos seguros, una tempestad de tanto en tanto, marineros solidarios, paciencia inquebrantable, (...) muchas plegarias por equipaje y al timón la providencia".
Banda Sonora
Y si has pensado que / las cosas se podrían mejorar, / será mejor que no hables, / no digas nada más. // (…) mejor no digas nada más, / podría ser que alguien se enfade, / no digas nada más. ("Una nueva prensa musical", Los Planetas)

Conocer la naturaleza del verso es condición indispensable para componerlo con acierto, para interpretarlo con propiedad y para sentir y apreciar su valor.
(Tomás Navarro Tomás)
El nombre de Tomás Navarro Tomás va unido, al menos para los estudiantes de letras, con el sobrepeso del Manual de Pronunciación Española y el interesantísimo y también enorme Métrica española. Reseña histórica y descriptiva, pero son obras que al lector común pueden no interesarle tanto como el breve y de sencilla lectura como el titulado, simplemente, Arte del Verso (Visor, 2004). Una de las maneras de leer este manual, sobre todo para el lector al que no le interese tanto la colocación de los acentos o los extraños modos de conjugar ritmo en un verso, como una antología de versos perfectos en su realización. Además, frente a las historias de la literatura que, normalmente, sólo ofrecen ejemplos de los autores más consagrados o famosos, Navarro Tomás, utiliza desde el prototípico soneto sobre cómo escribir un soneto (el de Lope que comienza "Un soneto me manda hacer Violante") o las serranillas del marqués de Santillana hasta estrofas de, por ejemplo, fray Íñigo de Mendoza o Pedro Manuel Ximénez de Urrea (olvidando, eso sí, a uno de los poetas barrocos que merecerían ser más conocidos, Gabriel de Bocángel).
Y es que, al final, de un poema importa, como se ha dicho siempre, el fondo y la forma, inextricablemente unidos, pero en estos tiempos (desde antes, desde Frost, "el verso libre es como jugar al tenia con la red abajo" o, hasta ayer mismo como dicen los comentarios de Zaid en el último número de Letras Libres) es siempre importante recordar que una de las bases fundamentales de un poema, una condición sine qua non, es el verso, la música del verso, la, o el intento de, perfección, una música que diga y sea al mismo tiempo.
Y sobre prosa
"La casa de la ficción tiene muchas ventanas, pero sólo dos o tres puertas. Puedo contar una historia en tercera persona o en primera persona, o quizás en segunda persona del singular, o en primera persona del plural, aunque los ejemplos acertados de este último caso son realmente escasos. Y eso es todo. Cualquier otra cosa probablemente no se parecerá demasiado a una narración; puede estar más cerca de la poesía o de la prosa poética. En realidad, estamos atrapados en la narración en primera o en tercera persona. La idea más común es que existe un contraste entre la narración fiable (narrador omnisciente en tercera persona) y la narración no fiable (el narrador en primera persona nada fiable, que sabe menos sobre sí mismo de lo que finalmente sabe el lector)", dice James Wood en Los mecanismos de la ficción. Cómo se construye una novela.
Un fragmento de Philip Gross
Que, sorprendentemente frente a rivales más conocidos, ha ganado este año el premio T. S. Eliot de poesía este año. De Mappa Mundi, un poema con el mismo título dice, entre otras muchas variaciones sobre la misma idea: "En la tierra de los ríos mutuos, / todo es conversación: uno va colina arriba, otro fluye hacia abajo. / Y ambos terminan en un lago sin fondo que alimenta al otro / y los barqueros que van arriba y abajo, vueltas y más vueltas, / no envejecen, medio día se avejentan, medio día rejuvenecen / y así siempre… siempre que no bajen a tierra // … // En la tierra donde nada sucede dos veces / siempre hay alguien nuevo que conocer; / basta con mirar al espejo. / Los ecos aprenden a improvisar. / Eso dicen… Hemos enviado a los ancianos / a investigar, pero aún los hemos escuchado. Cuando / los alcanzaremos, no sabemos".
Banda sonora
"This is not a song about politics / This is not a song about sex / This is not a song about old James Dean / Because he's mentioned in too many songs already / My Friend / This is not a song about animals / This is not a song about trees / There are times when you cannot trust no-one / Tell me why does this have to be / This is not a song about rich and poor / It's about how we probably feel insecure / My Friend / This is a song / I wrote especially for you / I want to say thank you / For having me too / Cause I'm glad to be here on this earth / Living out all my dreams to their worth / And most of all I love you all and wish you well" ("This is not a song", Frank and the Walters).
Eso no debe importarte, Franny. La única preocupación de un artista es aspirar a cierta perfección y a una que sea en sus propios términos no en los de ningún otro.
Don't ever tell anybody anything. If you do, you start missing everybody.
(J. D. Salinger, 1919-2010)
"Nunca le cuentes nada a nadie. Si lo haces, empiezas a echar de menos a todos", así termina El Guardián entre el Centeno, que David Miklos acaba de definir como "el libro perfecto de un escritor perfecto". El mismo que comienza con uno de los inicios más reconocidos de este siglo:"Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada".
El Guardian entre el Centeno es, sobre todo, como dijo Philip Roth un "poner un dedo en llaga de la lucha que se da en nuestros tiempos entre el yo y la cultura". Holden Caulfield, el eterno adolescente, es quien se encarga de hacer ese tipo de preguntas inútiles, de dudas existenciales sin respuesta que vienen siempre a la mente cuando se recuerda el libro: ¿dónde van los patos? "Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adonde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta". Sin importar que pase con ellos.
Pocos libros como El Guardian retratan de una manera tan cierta (y acertada lingüísticamente, las dos expresiones favoritas de Holden son "phoney" y "goddamn") el conflicto adolescente, sobre todo el masculino. "—La vida es una partida, muchacho. La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego. / —Sí, señor. Ya lo sé. Ya lo sé. / De partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca del lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida, eso lo reconozco. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada".
16 de Hapworth de 1924
El último cuento de Salinger, inédito en español, publicado originariamente en The New Yorker el 19 de junio de 1965, el último cuento que publicó en vida y cuyos derechos de publicación hace unos años regaló a una editorial minúscula después de haberse negado siempre a su reedición.
"Un comentario previo. Tan directo y simple como pueda. Me llamo, para empezar, Buddy Glass y la mayor parte de mi vida, probablemente durante los cuarenta y seis que ya ha durado, me he sentido convocado, elaboradamente involucrado, conectado, con la tarea de arrojar cierta luz sobre el tiempo que ocupó la breve y reticulada vida de mi hermano mayor, Seymour Glass, que murió, se suicidó, optó por discontinuar su vida, en 1948, a los treinta y un años. / Mi intención, ahora mismo, en este mismo papel, es encontrar un principio al transcribir una copia exacta de la una carta de Seymour que, hasta hace cuatro horas, no había leído en mi vida. Me la mandó mi madre, Bessie Glass, por correo certificado". Y continúa la transcripción de una carta larguísima de un niño demasiado inteligente, demasiado Glass.
Franny y Zooey
En el brevísimo "Franny" un joven universitario de la Ivy League espera a su novia que llega desganada y asqueada con el mundo ("El hecho de que me condicione tan horriblemente aceptar los valores ajenos y de que me guste el aplauso y que la gente se entusiasme conmigo no lo justifica. Me avergüenzo de ello. Me da náuseas. Me da náuseas no tener el valor de ser una absoluta nulidad. Tengo asco de mí misma y de todos cuantos desean causar alguna especie de sensación"), van a cenar, ella habla y habla de un libro del que no recuerda el título pero trata de un campesino ruso buscando el modo de orar a toda hora, se desmaya y termina "muy quieta, con la vista fija en el techo. Sus labios empezaron a moverse, formando palabras sin sonido, y continuaron moviéndose".
"Zooey", la larga contraparte, es, tras el preámbulo con Zooey leyendo una carta de su hermano en la bañera, un intento de salvar, por teléfono y apetición de la madre de ambos, a su hermana Franny de la depresión religiosa en que se encuentra y que, en uno de los que tal vez sean los dos cuentos más budistas de la producción de Salinger, también termina en quietud ya que "durante unos momentos, antes de sumirse en un sueño plácido y profundo, permaneció quieta, sonriendo al techo".
De sus pocas entrevistas
Desde 1953, sólo concedió dos entrevistas (y no muy largas: media hora con Lacey Fosburgh del "New York Times" y otra a Betty Eppes, columnista en "The Advocate" y ex modelo de Playboy, que fue reproducida en una "Paris Review" de 1981).
"Cuando no se publica hay una gran paz interior. Publicar es una invasión terrible de mi privacidad. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero sólo escribo para mí y para mi propio placer", "no estoy apostándole a que se me publique póstumamente. Aunque me gusta escribir para mí mismo. (…) Estoy pagando el precio de mi propia actitud. Sé que soy un tipo bastante extraño, bastante raro. Pero lo hago para protegerme y proteger mi trabajo". "Ya quiero terminar. Me siento invadido. Ya he sobrevivido a muchas cosas. Creo que lo más seguro es que también sobreviva a esto".
¿Y su vida?
El obituario del New York Times la resume en un breve párrafo: "J. D. Salinger, uno de los más grandes escritores tras la segunda guerra mundial pero que volvió la espalda al éxito y la adulación, convirtiéndose en el Garbo de la literatura, famoso por no querer ser famoso, murió el miércoles en su casa de Cornish en que la había vivido encerrado más de cincuenta años. Tenía 91."
Dice Harold Bloom
En la introducción a la edición escolar de El guardian: "Ser un guardián entre el centeno, la ambición de Holden, es un tipo de santo secular que desea y es capaz de salvar a los niños pequeños de las calamidades. Faulkner señaló que el dilema de Holden fue su incapacidad de encontrar y aceptar un mentor verdadero, un maestro o guía que pudiese levantar su fe. Holden es portavoz de nuestro escepticismo y nuestra necesidad".
Banda sonora
"Todo son señales, suelta Jota, perdido en el espacio. Con proclamas de ese calibre se emprenden las grandes expediciones. Las de perderse y las de encontrarse" (Rodrigo Fresán).