martes, 13 de julio de 2010

Libertad de expresión y blogs (I).

La siguientes líneas están sacadas directamente de un blog sobre música (????). Cada quien es libre de opinar como se quiera (hasta de Los Planetas), pero cuando uno se lleva se aguanta. Este post recibió en apenas unos días 806 comentarios de los que mañana subiré algunos.
"Los Planetas debieron disolverse hace ya muchos años, quizás una década. Concretamente cuando se disolvió su cerebro, lo que probablemente acaeció por escribir siempre la misma canción y no (sólo) por su amistad con determinadas sustancias.
Su ídolo Syd Barret se quemó la sesera con LSD. Los Planetas siguen poniendo cara de mala persona como nadie, pero han preferido hacer siempre la misma canción como camino a la inanidad. Ahora han llegado a su destino: 'Una ópera egipcia' es una brasa en que todo suena igual de anodino y previsible. Un coñazo pseudoflamenco de nulo pellizco. Y ya van demasiados. Un poco de dignidad y menos arrastrarse, Jota.
No hay nada menos gracioso que oír el mismo chiste 20 veces; Los Planetas lo llevan contando 1.000. Los engañabobos de las revistas de tendencias se esfuerzan en camelar a sus rebaños de lectores-oveja, pero los granadinos llevan demasiado tiempo de espaldas a la inspiración y no hay cojones a decirlo. Son la prueba muriente de la anorexia del panorama.
Ahora vamos a destrozar el disco como se merece. La primera es una horterada medioprogresiva de juzgado de guardia. La segunda es la típica canción plana de Los Planetas, una sucesión de acordes sin más y la voz doblada: sólo machacar el tema 10 ó 12 veces le podría aportar, por pura pesadez, algo de emoción. En general, así funcionan sus discos desde 1998: primero aburren y sólo repetidas escuchas generan algún tipo de, en fin, apego casi siempre generacional.
El single con la tal Bien Querida (una chica muda con canciones interesantes) es una balada tuna que lleva a Pimpinela al indie. La única que tiene un pase, 'Romance de Juan Osuna', es puro plagio kraut-rock. Florent grabó todas sus guitarras en 1995, en una tarde, y vive de ellas desde entonces.
Y lo del flamenco vamos a dejarlo, porque si fusionarlo con rock es convertir su riqueza de aromas, tonos y colores en un desierto de emoción plana y vacía, pues nada, cojonudo. 'La leyenda del espacio' sólo se sostenía por sus texturas. 'Una ópera egipcia' ni eso: suena a lata. Es que no tiene ni un pase: si fuera el primer disco de un grupo nuevo, no necesitaríamos un segundo.
Quizás ahora, tan lejos de la imaginación, Los Planetas deberían dejar la cadena de montaje de canciones clónicas y drogarse un poco más. Jota, cambia de camello, haz el favor. Que sean cinco millones de rayas, ¿no?"

lunes, 12 de julio de 2010

Sobre el ego e Internet (entrevista con Llicuia Ramis en ABC)

Un joven «fotologuero» al que le cae una bolsa de basura en la cabeza. Una periodista obsesionada con Facebook que para dar una exclusiva revisa esa basura y encuentra una factura a nombre de una mujer. Una «negra» escritora de libros de autoayuda que ve peligrar su anónimo estatus en Google cuando es acusada por una reportera de tirar sus desechos desde un departamento en el que ya no habita.
Sobre estas insólita trama navega «Egosurfing» (obsesión de buscar el propio nombre en internet para comprobar la ciber-popularidad) de la periodista mallorquina Llucia Ramis, libro ganador del premio Josep Pla, traducido al castellano por la editorial Destino. Tras recorrer las vicisitudes de los treintañeros en «Coses que et passen a Barcelona quan tens 30 anys», la joven narradora vuelve a reflexionar en su segunda novela sobre la «generación Ikea», en un lúcido intento de explorar los límites de una neo-vanidad que no sólo es cibernética.
—¿Cómo surgió «Egosurfing»?
—Me apetecía escribir un libro sobre cómo internet ha cambiado las relaciones entre las personas. Ya no se trata de la rapidez, ahora es la inmediatez, el estar siempre localizable. Me pregunto por qué si tenemos todo al alcance de la mano estamos más insatisfechos y nos sentimos tan perdidos. Creo que es porque queremos que nos busquen. Estamos pendientes de nosotros mismos, no de los demás.
—¿Somos narcisistas patológicos, como señala en su libro?
—Hemos pasado del individualismo al egoísmo y del egoísmo al egocentrismo. Ya no hablas con otra persona para conocerla sino para mostrarte, para enseñar lo guay que eres. En internet hacemos continuamente publicidad de nosotros mismos porque somos más exhibicionistas que voyeurs. Facebook es una colección de titulares, todo el mundo quiere ser el más ingenioso. Y si no consigues reacciones te sientes frustrado.
—Veo que es bastante popular en Facebook, tiene 1.197 amigos...
—(Lanza una carcajada). Iba a cerrar la cuenta, pero es que en Facebook hay trampa. Porque cada vez que te dicen algo bonito te lo crees. Con la novela anterior, algunos hombres me escribían al correo electrónico para decirme que les había gustado la novela, yo les contestaba y ellos consideraban que eso ya era una amistad. Entonces pensé que si me abría una cuenta en Facebook iba a saber de donde venía la gente. Ahora tengo un friki-fan que me envía de 20 a 40 e-mails al día.
—¿Después del éxito de su novela, se ha convertido en una egosurfer?
—Soy cero egosurfera. Pero muchos sí lo son. El otro día leí que de 25 a 50 millones de personas hacen egosurfing al día. Aunque buscando mi nombre he encontrado que me atribuyen la vida de Cristóbal Serra, un escritor mallorquín de 88 años. También vi en un blog la foto de una chica acostada con un extraterrestre que decía: «Llucia y su nuevo novio». Y yo contesté: «No me parezco a ella ni en pintura pero él sí que se parece a mi ex».
—¿Le preocupa el tema de la intimidad en internet?
—Lo que veo es que los jóvenes de menos de veinte años no tienen ningún concepto de intimidad, no saben lo que significa. Mi prima, por ejemplo, colgó una foto en Facebook haciendo topless.
—¿Es sintomático que a uno de sus personajes le caiga una bolsa de basura en la cabeza?
—Le pasó a un profesor mío y siempre me llamó la atención porque el tipo hizo la denuncia a través de la factura que encontró en la basura. Lo gracioso es que después de que se publicara el libro, mi redactora jefe me preguntó cómo sabía que a ella le había pasado eso. ¡Qué casualidad! Desde ese día tengo la teoría de que en Barcelona llueven las bolsa de basura.
—¿Cómo es tener treinta años hoy?
—Los que rondamos los treinta años somos una generación que nacimos con todo dado y que creemos que nos lo merecemos. Tenemos estudios, idiomas, hemos viajado. Somos una «burguesía low-cost». Vamos a la India aunque vayamos en carreta. Estamos muy preparados, pero nos incorporamos tarde al mundo laboral. Y entonces tenemos treinta años como si tuviéramos veinte pero con la crisis de los cuarenta. Llegamos a esta situación muy desestructurados, sin familia propia, las parejas duran lo mismo que los pisos de alquiler. Todo dura muy poco. Es una provisionalidad que se alarga demasiado, una angustia que no sabemos cómo canalizar.

viernes, 9 de julio de 2010

Un poema de Selima Hill en The Guardian

Veo a la mosca,
atraída por mis heridas,
obstinada
rompiendo mi red;
y cuando la mosca
se marcha de puntillas
fuera de la vista
veo el perfil distante de mi madre
que siempre se protege
a sí misma en ella misma.

I watch the fly,
attracted by my wounds,
obstinately
quartering my net;
and when the fly
tiptoes out of sight
I watch the distant outline
of my mother
who likes to keep herself
to herself.

miércoles, 7 de julio de 2010

El pulpo nunca se equivoca


a. confía en los hados.
yo soy más de hechos.
pero en fin, el pulpo y los futbolistas estuvieron de acuerdo esta vez.

martes, 6 de julio de 2010

La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem
(Stanislaw Lem)
Nada o la consecuencia no sólo es el primer libro de Solange Marriot, sino también la primera novela que haya alcanzado el límite de las posibilidades en el arte de escribir. No por ser una obra maestra de la belleza: la llamaría, si me apremiaran, una obra maestra de la honestidad”.
Esa novela, nunca escrita por la autora francesa, es una de las quince reseñas que crea Stanislaw Lem, en Vacío Perfecto (Impedimenta, 2008). La apuesta, como el mismo explica en una introducción a su propio libro, no es nueva y cita a Borges y Rabelais. Pero lo extraño es que viene de un autor al que siempre se le ha etiquetado dentro de la llamada “ficción especulativa”, y ahí merecería estar aunque sólo hubiera dado Solaris o sus cuentos, tan filosofía y humanismo como ciencia ficción, sobre el piloto Pirx.
Como en el resto de su obra, desperdigada y descatalogada por Bruguera y Minotauro, la importancia, más que en el contexto, también importante, debe ponerse en lo que se cuenta, en el trasfondo personal, filosófico e, incluso, ético, de lo propuesto. En Vacío Perfecto, además, para darle otra vuelta más a la creatividad, lo narrado corresponde a una realidad que ni siquiera existe, a una realidad inexistente pero sin la cual las reseñas no existirían y que hace a la crítica sobre este libro dividirse en dos: los que consideran a los nada breves apuntes sobre las obras un conjunto de argumentos a realizar y los que los toman como excusa para una serie de reflexiones y divertimentos.
“Joaquim Fersengel subraya que conoce la infamia de la quema de libros y bibliotecas enteras. Pero los autos de fe organizados en el transcurso de la historia eran infames porque eran retrógrados. Todo depende de la posición desde la cual se ordene la quema. Él propone un auto de fe curativo, progresista y salvador, y, puesto que Joaquim Fersengel es un profeta consecuente hasta el extremo, aconseja en su último párrafo que en primer lugar sea destrozada y quemada su propia profecía”.
Párafos como el anterior dan cuenta perfecta del libro de Lem que lleva todas “sus” “historias” hasta los límites, posibles imposibles, de la lógica y la lectura. Se trata de no sólo un juego o una demostración de habilidad literaria. De lo que se trata es de un ejercicio de exploración narrativa. Pero una exploración que no se detendrá sólo en el juego, como artificio posmoderno, aunque mucho de ello hay como lo hay en Borges que viene a la memoria una y otra vez durante la lectura del libro, sino en una verdadera exposición de las fronteras entre la mente y la letra, entre lo pensado y deseado y lo hecho, entre la escritura y la lectura, entre la creación y la recreación.
Y, por si no quedará clara la intención misma que hay en la construcción del libro, en su orden, en sus irrealizables propuestas, como una última ironía, Lem, esta vez disfrazado de físico recibiendo el premio Nobel cierra su magistral libro con las siguientes palabras: “De modo que si las cosas no son aún como tú dices, tal vez se trate de un plan; ¿un día, a lo mejor, ésta será la realidad? Deseo terminar mi disertación con las frases no del todo escépticas, de mi profesor. // Majestad, señoras, señores, muchas gracias por su atención”.

Drakontos
Bajo ese nombre, y con la apostilla de “el guardián del conocimiento”, nació, apareció, hace apenas un mes un librería nueva en Aguascalientes. A simple vista el caminante la puede confundir con una librería cualquiera porque no ostenta un gran cartel anunciando el negocio ni está demasiado preocupada por la decoración interior. Y eso, precisamente, porque su interés, como el del lector, son los libros. Lo asombroso es que, al fin, están, y casi al mismo tiempo que en los boletines de novedades, todos esos libros que hasta ahora en nuestra ciudad sólo existían a través de la compra en línea. Ahora cualquiera, antes de arriesgarse, y quinientos o seiscientos pesos son bastantes como para comprar a ciegas, puede tocar y ver el libro. Unos cuantos ejemplos: los Cuentos Completos de Clarice Lispector en Siruela, Literatura del siglo XX y cristianismo de Moëller en Gredos, un Hamlet ilustrado, Barthelme en Sexto Piso España, Ann Beattie y Robertson Davies en Libros del Asteroide, todo Flann O’Brian. La lista podría seguir y seguir, pero el bolsillo es siempre menor que el deseo. En fin, un mundo de libros de esos que no se ven, que no se veían, habitualmente en Aguascalientes.

Banda sonora
Atmósfera letal de gases venenosos, / aurora boreal en el cuadrante 8, / teletransportación, usad vuestros poderes, / decidle a los demás como tiene que hacerse. // Sorteamos bien algunas emboscadas, / pero otras veces no, y sufrimos bajas. / Esto es para ellos, que tanto nos odiaban, / sabed que vuestras armas no lograron nada. (“Política celestial”, Los Planetas).

lunes, 5 de julio de 2010

martes, 29 de junio de 2010

A James Wood le gusta David Mitchell

When people talk about “natural storytellers,” they are probably paying an unintended compliment to the unnatural. They mean that such writers are unnaturally gifted in artifice; that, better than the rest of us, they can draw us in, sound a voice, shape a plot, siphon the fizz of suspense. Yet the compliment is not merely inverted, since even freakish mastery of such tricks does not account for those impalpable gifts—the tremor of presence on the page, the overflow of vitality—which rival the abundance, even gratuitousness, of nature itself.

The English writer David Mitchell belongs to this returning army of nature. Lavishly talented as both a storyteller and a prose stylist, he is notable for his skill and his fertility. Without annoying zaniness or exaggeration, he is nevertheless an artist of surplus: he seems to have more stories than he quite knows what to do with, and he ranges across a remarkable variety of genres—conventional historical fiction, dystopian sci-fi, literary farce.
Más aquí en el New Yorker.

lunes, 28 de junio de 2010

Zweig, Maximiliano e Idea Vilariño

Para Jesús González Mata y Arturo Villalobos.

Entre las profesiones de los protagonistas de novelas hay de todo, aunque Stefan Zweig, olvidado y reivindicado siempre cada cierto tiempo con tres o cuatro títulos de su vastísima producción, eligió para su Novela de ajedrez, a veces traducida como Una novela de ajedrez, (CONACULTA, 2009) a dos personajes que parece que darían para muy poco, dado que se supone que su vida es interior más que exterior: dos jugadores de ajedrez. Pero reducir a eso, a una partida, en realidad dos y media, la novela sería hacerle flaco favor al juego, que da bastante más de sí, y a la novela, de una profundidad psicológica aplastante.

La Novela de ajedrez es, por encima de todo, un estudio de una personalidad concreta, a los que tan dado era Zweig, sobre todo en el campo de la biografía, justamente el que le dio la fama y ahora es menos frecuentado y en el que aprendió todo lo que emplearía después en sus novelas. Es el estudio, mejor dicho de dos personalidades, la del campeón mundial Czentovic, absolutamente negado para nada que no sean las piezas que se desplazan por los escaques, y un misterioso señor B., para el que el ajedrez es, al mismo tiempo, salvación y ruina.

“Czentovic volvió a hacer una pausa sin fin, casi insoportable; era como cuando cae un rayo terrible y uno espera con el corazón palpitante que llegue el trueno, y el trueno no acaba de llegar nunca”. Con esas palabras Zweig no sólo describe el comportamiento del campeón mundial, sino que también, magistralmente, anuncia el tono y el ritmo de la novela. Bajo la simple historia de la novela, en un barco unos cuantos jugadores aficionados retan al campeón mundial hasta que parece un señor que demuestra saber más que todos los profanos y se entabla una serie de partidas entre éste y el campeón, hay, en pinceladas poderosas y profundas, apuntes sobre tortura psicológica, profundidades matemáticas y afirmaciones nada veladas sobre el poder la obsesión y la monomanía en un hombre, en cualquier hombre. El jugador del escritor ruso se ha convertido en jugador de ajedrez en manos del polígrafo suizo.

El centro de la novela, la parte más compleja psicológicamente, como si la historia del campeón, al principio, y el desarrollo de las tres partidas, cierre del brevísimo volumen, menos de noventa páginas, no fueran sino paréntesis, lo ocupa la historia que el señor B cuenta a quien va a invitarlo a jugar. Es ahí donde la fuerza de la escritura de Zweig, aderezada además por su rabia antinazi, desata toda la fuerza de la historia. Encerrado, sin nada, absolutamente nada, cómodo pero en un vacío insoportable, el señor B no puede hacer sino robar un libro de ajedrez del que mentalmente, para mantener la cordura, repite las partidas una y otra vez hasta que a fuerza de saberlas de memoria tiene que jugar contra sí mismo, inventando partidas y enfrentándose en igualdad de condiciones, algo francamente imposible e inhumano. Esa parte central de Novela de ajedrez podría ser perfectamente un cuento borgiano, si hubiera menos historia y más referencia cultural, o cortazariano, si la situación no fuese histórica sino ajena al tiempo, pero es precisamente ese realismo discreto y directo el que le concede toda la fuerza a la corta novela de Zweig: es imposible ser ajeno a una obsesión, a cualquiera. Sea el ajedrez, la lectura o, simplemente, la vida.

Maximiliano de Habsburgo

Aunque tan mala fama se carga, es el emperador el responsable unos aforismos a los que la editorial ha rebautizado Máximas Mínimas de Maximiliano (Tumbona, 2005). Y escribe, aplicable tras tantos años, demostración de que el mundo no ha cambiado tanto: “La verdadera grandeza política consiste en sobreponerse al círculo de las ideas de los hombres que nos rodean, en salir de la atmósfera de nuestro partido y de nuestro rango y, penetrando con la mirada las brumas que se agrupan alrededor de los acontecimientos del presente, considerar con independencia las eventualidades del porvenir. Sólo así se consigue no dejarse arrastrar por las inspiraciones del momento y sobreponerse a las pasiones políticas, que nunca son otra cosa que la expresión violenta de ciegas emociones de actualidad. El que se coloca en esa altura reanima la confianza por el ejemplo y es el guía de los indecisos, que forman siempre la mayoría”.

Escribe Idea Vilariño

En un poema titulado “Escribo, pienso, leo...”: Escribo / pienso / leo / traduzco veinte páginas / oigo el informativo / escribo / escribo / leo. / Dónde estás / dónde estás”. Cuánta sabiduría en tan pocos y tan cortos versos. Cuánta sabiduría en alguien que ya había traducido en Shakespeare, en su rendición del Macbeth, unas palabras que cada día cobran más fuerza: "Donde ahora nos encontramos hay dagas en las sonrisas de los hombres".

Banda sonora

We are standing here / Exposing ourselves / We are showroom dummies // We look around / and change our pose / We are showroom dummies / We are showroom dummies. (“Showroom dummies”, Señor Coconut en la banda Sonora de la película “Y tu mamá también”).

viernes, 25 de junio de 2010

No hay mal que por bien no venga

"Su historia es digna de un telefilme ‘basado en hechos reales’: a los 19 años, cuando iba en bicicleta, Melody Gardot fue arrollada por un coche que se dio a la fuga y sufrió múltiples heridas en la cabeza y fracturas. Su amor a la música fue su mejor terapia, y en la cama del hospital compuso las canciones que formarían parte del EP ‘Some Lessons:The Bedroom Sessions’ (2005)”.
(lo aprendí, como siempre, en el RDL)

miércoles, 23 de junio de 2010

Fernando Pessoa

Tabaquería

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
De mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe
quién es
(Y si supiesen, ¿qué sabrían?),
Dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
A una calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
Con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
Con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace
blancos los cabellos de los hombres,
Con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de
nada.

Hoy estoy vencido, como si supiese la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese por morir,
Y no tuviese más hermandad con las cosas
Que una despedida que hiciera esta casa y este lado de la
calle
La fila de vagones de un tren, y el aviso de partida
silbando en mi cabeza,
Y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al arrancar.

Hoy estoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fallé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
El aprendizaje que me dieron,
Descendí por la ventana trasera de la casa.
Fui al campo con grandes propósitos.
Pero allí sólo encontré yerbas y árboles,
Y cuando hubo gente fue igual a la otra.
Me alejo de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de
pensar?

¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber
tantos!
¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,
Y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,
No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con
tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
No están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas—
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,
Y quién sabe si realizables,
¿Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga
razón.
He soñado más que Napoleón.
He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que
Cristo.
Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para esto,
Seré siempre sólo el que tenía cualidades;
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie
de una pared sin puerta,
Y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,
Y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
Su sol, su lluvia, el viento que me despeina,
Y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no
venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
Pero nos despertamos y él es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(Come chocolates, niña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de los
chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, niña sucia, come!
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú
los comes!
Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño,
Arrojo todo al suelo, como tiré la vida.)

Pero al menos queda de la amargura de lo que nunca seré
La caligrafía rápida de estos versos,
Pórtico hendido hacia lo Imposible.
Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
Noble al menos por el gesto amplio con que arrojo
La ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas,
Y me quedo en casa sin camisa.

(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
O diosa griega, concebida como estatua con vida,
O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
O princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
O marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
O cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
O no sé qué moderno —no concibo bien qué—,
Todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡qué
inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco
Me invoco a mí mismo y nada encuentro.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan.
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
Veo los perros que también existen,
Y todo esto me pesa como un condena al destierro,
Y todo esto es extranjero, como todo.)

Viví, estudié, amé y hasta creí,
Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,
Y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni
creído
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer
nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como una lagartija a la que le cortan el rabo
Y es que solamente eso es rabo del lado en el que la lagartija se retuerce.

Hice de mí lo que no supe,
Y lo que pude hacer de mí no lo hice.
Vestí un disfraz equivocado.
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me
perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
Estaba pegada a la cara.
Cuando la arrojé y me vi en el espejo,
Ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había
quitado.
Arrojé la mascara y dormí en el vestidor
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,
Y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
Pisoteando la conciencia de estar existiendo,
Como un tapete con el que tropieza un borracho
O la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.

Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó
en ella.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida
Y con la incomodidad de una alma que mal entiende.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, yo dejaré versos.
Y un día morirá el letrero y también mis versos.
Después morirá la calle donde estuvo el letrero,
Y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las
cosas como marquesinas.

Siempre una cosa frente a otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del
misterio de la superficie,
Siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.
Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,
Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.

Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como mi camino,
Y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,
La liberación de todas las especulaciones
Y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de sentirse indispuesto.

Luego me reclino en la silla
Y sigo fumando.
Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita.

(Si me casase con la hija de mi lavandera
Tal vez sería feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

El hombre salió de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo
del pantalón?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.
Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la
Tabaquería sonrió.

sábado, 19 de junio de 2010

Abel y Emily the Strange

pero es mejor cuando las bocas se mueven solas y no oyes nada
(“Diario de Abel”, Luigi Amara)
Abel, además de polémica sobre su financiamiento y una película con altibajos, ha dejado tras de sí un libro que lleva el mismo nombre. No un libro cualquiera sino un table book de factura exquisita, encomendada nada menos que a la editorial Sexto Piso, bilingüe y con textos del propio director, Fabrizio Mejía Madrid, Luigi Amara, Daniela Morábito Rojas y el ubicuo Morris Berman. Todo ello enmarcado en las fotografías, casi doscientas páginas que combinan blanco y negro y color en una impresión envidiable, de Eniac Martínez. O mejor dicho, y como mandan los cánones en un libro elegante y de gran formato, las fotografías enmarcando los textos.
El primer ‘ensayo’ del libro, el del guionista y director, es, sobre todo, una introducción, y más que al libro, a su propio. Aparecen una representación de Hamlet en Londres, una borrachera, un personaje de David Trueba, también director y guionista, y un par de páginas sobre dirigir Abel. Los textos de Mejía Madrid y de Amara son textos que demuestran una mano de autor ya curtida. El de Fabrizio Mejía, una crónica de hermoso título (“Elsinore bajo la lluvia”) que retrata, a modo de crónica periodística y de amistad su viaje hasta Aguascalientes para visitar la filmación de la cinta y el de Amara un poema, escrito al ‘descuidado’ modo infantil, que conjura una y otra vez los mismos temas. Daniela Morábito entrega la “ficha médica” de Abel del que los espectadores nunca saben qué enfermedad es exactamente para cerrar con el texto de Berman que retoma e imbrica, con su habitual claridad, los temas del ‘México quintaesencial’ y el gran Secreto.
Y, para el final, tal vez aquello con lo que cualquier lector, ojeador, empezará este volumen: las fotografías de Eniac Martínez que, aunque tienen algo de ambas, no son ni exactamente fragmentos de un “making of” ni un libro de retratos de los involucrados, más o menos directamente, en la filmación. Desde la fotografía que abre el libro, un primer plano de la tan típica bolsa colgante llena de agua, hasta la última, unas sombras de árboles que podrían ser tanto reflejos acuáticos como un difuminado las imágenes transportan al lector a dos mundos que sabemos reales, el de la historia de familia que es Abel, el de la propia filmación, pero a los que uno no se asoma con frecuencia. De entre todas, con lo difícil que resulta elegir hay tres que destacan, cada una por ofrecer un matiz diferente sobre la cinta. Primero, la del equipo, con el sonidista en el centro, junto con algunos extras atravesando un campo y una vaca y su vaquero, al fondo, ajenos a cuanto acontece. Otra, la cerca que, rodeada de alambre espino en su parte superior, cruza de un lado a otro la página que obliga a preguntarse si las cosas son tan diferentes aquí. Y, una tercera, que presenta, en lo que parece un momento de descanso de la cinta a los dos niños actores, desenfocados, desvaídos, mientras el más pequeño ¿sostiene?, ¿juega? con una cámara fotográfica bajo la atenta mirada del mayor, representando, en un solo cuadro la magia de la cine, de los niños actores y, sobre todo, de la verdad que hay, que debe haber, tras cualquier fotografía, tras cualquier imagen.

Del “Cuaderno de Abel”
“si cierras lo ojos y lo piensas mucho / el dado hace lo que le pides // (…) // era un día muy raro / un día entre domingo y lunes / el paraguas estaba roto en un rincón / y todos creían que era un vampiro con mucha fiebre / un vampiro que le daba miedo la oscuridad // (…) // pero voy a componerlo todo / voy a componerlo // y luego todo dio vueltas / como trompo // (…) // por más que me las lamo / las costras como que no se borran // primero el dedo toca el agua / un círculo adentro de otro círculo adentro de / otro círculo adentro de otro círculo”.

Vuelve Emily Más extraña que nunca
“El verano ya casi ha llegado, las noches son cálidas y yo me encuentro en la flor de la vida, de modo que estoy más para actividades extradomésticas no autorizadas que para empaquetar mis cosas”. Así comienza, casi, el segundo libro, recién publicado en castellano, de una de las heroínas contemporáneas más ¿encantadoramente oscura?, Emily la extraña, creada por Rob Reger pero co-escrita por él y Jessica Gruner, que, en medio de una mudanza continúa tan antisocial y aferrada a sus gatos y sus propios planes como siempre.

Banda sonora
"¿Estamos ante la primera ‘canción con mensaje’ de Los Planetas? / (Florent): Yo no quería decirlo, pero tú lo has dicho. No llega a ser una canción protesta, pero casi, y la letra es bastante interesante. Muy irónica y curiosa. (J): Habla de esos colectivos que deciden los destinos individuales de las personas sin tener en cuenta sus necesidades ni sus opiniones” (de una entrevista a Los Planetas).

Hermano Cerdo y el New Yorker

Si es una buena idea o no, lo sabremos a su debido tiempo. Sean felices.
(HC)
Con esas palabras de ánimo y una necesaria explicación, que no justificación (“Antes que nada, este nuevo número de HermanoCerdo no es una antología ni la buena nueva o algo por el estilo; no es una manera de quedar bien con alguien o con algo, y mucho menos una de esas compilaciones que intentan definir el pulso de una generación o de una corriente”), una de las revistas, sólo en edición electrónica (http://hermanocerdo.anarchyweb.org), que más ha hecho en este país por promover la literatura usamericana, especialmente la prosa, el tan traído y llevado “realismo” y el ensayo inteligente, ofrece en su último número un paseo, placentera apuesta, por el cuento norteamericano contemporáneo.

La oferta es amplia y va del interiorista y poético “Palabras, palabras, palabras” de Tom Lutz al ejercicio de género con cercanía a Auster de “El plagiario” de Alex Rose, del comedido, y subtextual, “Intento” de Todd Zuniga al perfecto “Hombres Callados” de Leslie Jamison, del carveriano “Coma algo” de Marie-Helene Bertino al espíritu pop de, significativo título, “A Light That Never Goes Out” de Garth Risk Hallberg, del humano, demasiado humano “El ganador” de Aaron Garretson, de los tristísimos “Para el mundo estaré enterrado aquí” de Jensen Beach, y “La señora de la cara maquillada” de Lesley Clark al lahiriano “Garganta demasiado pequeña” de la siempre asombrosa Cybele Knowles o el ¿hemingwayano? “Mierda en grande” de Clint Head.
Y, para aquellos lectores más interesados, o igualmente interesados, en el ensayo, una inteligente lectura de Los Esclavos de Chimal, una lectura crítica y nada complaciente de la obra de Fernando Vallejo y una apología, absolutamente necesaria, de Shirley Jackson.

En defensa de la desconocida Shirley Jackson
“Supongamos que Jackson no hubiera publicado “The Lottery” en el New Yorker en 1949, cuando todavía no era famosa. Supongamos que no se hubiera casado con un animal y que no hubiera tenido hijos ni necesidad de alimentarlos. Pero sobre todo supongamos que Estados Unidos hubiera sido, por ejemplo, Francia. En este mundo ucrónico, hoy no celebraríamos la llegada de Jackson al Olimpo oficial de las letras norteamericanas porque no haría falta: ella llevaría medio siglo en su pedestal, indiscutible, inamovible, barriendo los añicos de la campana de cristal y enterrando los restos del guardián entre el centeno”, escribe Pablo Chul.

La(s) lista(s) del New Yorker
¿Cómo no fiarse de una revista, y sus editores, que en 1999 eligieron una lista de veinte autores menores de cuarenta años a los que valía la pena seguir la pista y que incluía a Michael Chabon, Junot Díaz, Jeffrey Eugenides, Rick Moody, George Saunders, David Foster Wallace y, por supuesto, Jhumpa Lahiri. La mayoría, además, antes de su éxito artístico y mediático, antes de premios y de ventas.
De la nueva, de la que todos ya habían sido publicados en el New Yorker y va de autores que aún no tienen ni un solo libro publicado a los que ya tienen varios, habrá que estar atentos a la concisa escritura de Chimamanda Ngozi Adichie, al peruano Daniel Alarcón, al ya consagrado Jonathan Safran Foer, a Gary Shteyngart del que se puede leer en español Absurdistán y, por supuesto, a Rivka Galchen cuya primera novela, a pesar de sus últimas diez páginas, merece un lugar de excepción.
Sólo una duda. ¿Zadie Smith? ¿Expulsada de la lista porque no entregó un inédito a tiempo, condición indispensable o alguna otra inexplicable razón?

De Rivka Galchen
Así comienza “The Entire Northern Side Was Covered with Fire”, un cuento sobre amor, desamor y más desamor que eligió el New Yorker .
“La gente dice que ya no se lee, pero yo no creo que sea verdad. Los presos leen. Supongo que no tienen mucho acceso a computadoras. Una injusticia que a mí me resuñlta feliz. Las cartas más amables que he recibido –que son también las únicas que he recibido- me llegaron de presos. ¿Quizá somos todos prisioneros? ¿De nuestras propias vidas, de nuestros propios hábitos, de nuestra relaciones? No está bien que yo diga eso. Quizá puede que hasta sea malo ese aprovecharse de la miseria de los otros”.
Mientras que esperamos la anunciada traducción en Almadía de su primera y única novela, la desternillantemente obsesiva Atmospheric disturbances .

En el ultimo número de Letras Libres
El siempre inteligente Gabriel Zaid escribe que “En todos los países hispanoamericanos hubo querellas entre liberales y conservadores. Sólo en México decidieron matarse, en vez de escucharse, para acabar con las opiniones contrarias”.

Banda sonora
Mi piace andare piano piano / Como Adriano Celentano / 'Because like this' si arriva lontano. // Di no al pánico, sin pánico, sin pánico, no al pánico / Edipo contra Electra / Narcisismo es lo que impera / Qué simpático, simpático, carismático, simpático/ Edipo contra Electra / Tus complejos a la hoguera ya. (“Me amo”, Love of Lesbian)

jueves, 17 de junio de 2010

Ojalá pudieramos leer algo así sobre Aguascalientes

(sobre todo por las editoriales robables)

El ladrón de libros, ese tipo sobre el que es difícil depositar sospecha, bien vestido, educado, culto y de buen gusto, se ha dejado caer por la Feria . Además hay bandas de manguis organizadas que compilan a petición: este año los títulos más robados son El asedio, de Arturo Pérez-Reverte, El tiempo entre costuras, de María Dueñas o la saga de Stieg Larson. Pero también hay editoriales fetiche, como El Acantilado, que causa furor entre los chorizos bibliófilos, y colecciones clásicas como los títulos de Tusquets y Anagrama.
Robar libros es una mala costumbre que va dejando su halo romántico para convertirse en un negocio. El ladrón de obra literaria delinquía por vicio propio, para puro disfrute personal. "Ahora les pagan para revenderlos en algunas librerías o en puestos", aseguran Boris y Luis, de la librería Antonio Machado.
Todavía varios ejercen por vicio. "Como aquel hombre que volvió un buen día a la librería a devolvernos una maleta con todo lo que nos había robado. Le encantaba la literatura erótica. La devolución se la impuso el médico como terapia para su cleptomanía. Nos dio tanta pena que le dijimos: 'anda, quédate con ello", recuerda Boris.
Al ladrón, los libreros, le tienen catalogado. "Alguno hasta ya te saluda", comenta Luis. El método más habitual es cubrir el muestrario con un periódico y llevárselo de abajo. Otro es echárselo a la mano y colocarle un separador. Algunos llegan a la firma y te salen con el típico: "Lo traía de casa", comenta Chus Visor. "Pero, ¿qué les vas a decir...?", añade.
Suelen caer los volúmenes más esquinados. "En nuestro caso, las canciones de Radio Futura", comentan en la caseta de Pre-Textos. También ellos sufren ese vicio tan extendido de que la poesía no se compra: se roba. Y este año les ha tocado pagar el pato con Del amor, del olvido, del colombiano Darío Jaramillo.
En esas malas artes no se empieza precoz. "Los niños no roban", comentan Belén y David en el puesto de la infantil Kalandraka. "Aquí les dejamos cogerlos y se los llevan sin ser conscientes de que hay que pasar por caja. El problema son los padres. Algunos no vuelven...". O ese señor mayor que con tembleque en la mano se los metía en el bolsillo. Era tan descarado que daba apuro afearle la conducta. Hasta que a la tercera, Belén le advirtió: "Eso está en gallego". El ladrón respondió. "¡Anda...!". Y lo volvió a poner en su sitio.
Robando 'tochos'
En la caseta de Contexto, lo que vuelan son las biografías musicales de Global Rhythm Press, comenta Lola Barroso. Ella tiene buena experiencia con los ladrones por haber trabajado años en la Casa del Libro. "Los pasaban por encima de las barras magnéticas. Robaban tochos de medicina y ciencia y muchos CD de 130 euros". Alguno era habitual: "Había un señor al que llamábamos el de la camisa granate. Un día se la cambió de color y le pillamos".
Ninguno de los conocidos es bienvenido. Su presencia provoca tensión. Alerta. Los guardias de seguridad que este año se pasean por la feria están más pendientes de los tirones. Son los libreros quienes deben andar más atentos. Aunque todavía no han hecho los recuentos totales, sospechan que vuelven a estar en boga los más vendidos de las listas.
Pero quedan los fetiches también: "Cualquier cosa de El Acantilado. Luego los puedes encontrar en un puesto callejero que hay en la calle Génova. Y entre los del sello catalán del editor Jaume Vallcorba destacan los títulos del vienés Stefan Zweig. Con un protagonismo especial para el clásico 24 horas en la vida de una mujer, comentan en la caseta de la editorial.
También Tusquets y Anagrama quedan entre los más robados. Este año se ha notado algún agujero de más en el último de Murakami, 'De qué hablo cuando hablo de correr'. En cuanto al sello de Jorge Herralde, según dicen ellos mismos: "En cualquier feria solemos sufrir un saqueo general".

"Palabra en el Mundo" en El Cafecito

Escribe en la presentación Ricardo Esquer:
"Bajo la copa del laurel de la India que se eleva en el patio del café-galería Herrán, la noche del sábado 22 de mayo comenzó con poesía. La cita era en uno de los muchas viviendas construidas por el arquitecto emérito Jesús Reyes Rivas a principios del siglo XX en esta ciudad, que debe mucho de su rostro urbano al genio ecléctico de este artífice zacatecano.
Hubo tres mesas de lectura. En la primera participamos los incluidos en el cartel: Arlette Luévano, Mónica Ávalos, José Luis Justes, Francisco Martínez Farfán, Juan Manuel Rodríguez, quien facilitó el equipo de sonido, y Ricardo Esquer. Las otras dos fueron con autores que se anotaron fuera del programa. Una, con dos discípulos de Juan Manuel Rodríguez: Sergio Ramos y Miguel Molina. La otra, con dos lectores que se animaron en ese momento: David Díaz de León y Miguel Rosales."
Todo eso y mucho más en El Cafecito.

miércoles, 16 de junio de 2010

Bloomsday


Joyce murió en Suiza.

A todos hoy se nos ha muerto algo en/por Suiza.