miércoles, 27 de enero de 2010
miércoles, 20 de enero de 2010
Tryno Maldonado
Si me lo preguntan, diré que sí. Quise a Golo, ese imbécil, con toda mi alma. Pero no me pregunten por qué.
(Tryno Maldonado)
Es más fácil definir, y defender, afirmando todo lo que no es Temporada de caza para el león negro (Anagrama, 2009) de Tryno Maldonado que diciendo lo que es. No es una novela sobre el inframundo del arte contemporáneo, galerías, galeristas, curadores y artistas de pelaje vario. No es una novela sobre las prácticas del amor entre hombres. No es un texto con guiños del autor a otros autores e incluso a sí mismo (ese capítulo de una sola frase: "Golo dejó el Atari" y que conecta directamente con la explicación, aparecida capítulos antes: "El Atari es un sistema de videojuegos casero que salió al mercado a finales de los años setenta. Los miembros de esta generación, por lo tanto, habrán nacido en esas fechas"). No es una sucesión de momentos organizados a la buena de Dios, de ese en el que el protagonista no cree. No es nada de eso, aunque en un momento u otro, aparente y magistralmente caóticos en su orden, aparezcan.
Temporada es, sobre todo, una descripción de la pasión amorosa; de, sería más adecuado, la obsesión que alguien puede llegar a tener por alguien (y, a veces, por algo). Con los ojos del narrador, del que apenas sabemos lo que tuvo que ver con el verdadero y único protagonista, con el artista Golo, el rebelde que pasa temporadas de abstinencia artística y enloquecimientos (¿en algún momento deja de estarlo?) en los que convierte hasta el cuarto de baño del departamento en que convive con el narrador en una obra maestra. Golo, el artista que nos legó esas dos obras fundamentales para las artes plásticas de este país que son Cubo de Ernö Rubik en rojo y Matezza v.2.0.
¿A quién lo cuenta el narrador? Ese es uno de los grandes enigmas, y a la vez, su mayor virtud. Cuando el lector cierra el delgado volumen no puede evitar preguntarse por qué el narrador lo eligió a él (aunque en realidad es el lector el que eligió la novela) para contarle la historia de su desesperado amor por Golo. Pero, al igual que no sólo se soportan sino que se escuchan con interés las cuitas amorosas de un amigo a altas horas de la madrugada en la cantina, quien lee Temporada no puede salvo estar atento a las peripecias, repetidas y monotemáticas, como son las conversaciones de los enamorados, de ese enamorado sin nombre que nos habla, una vez y otra y otra más, de ese objeto del amor que fue, sí fue, Golo.
(Un paréntesis de coincidencias. ¿No es mala suerte que el título coincida en su primera palabra con una de las películas trendies mexicanas? ¿No es mala suerte que el nombre de su protagonista coincida con el de una de las novelas mexicanas más sobrevaloradas últimamente? ¿No es buena suerte que coincida con esa moda, no tan última pero que ahora emerge, de narradores que escriben desde una diferencia mental, sea biológica, Haddon, Galchen, sea psicológica?).
Temporada de caza para el león negro representa, además y sobre todo, una historia que, aunque no lineal en el tiempo y llena de repeticiones, no más molestas que las repeticiones de la vida o de las de cualquier conversación de amigos, puede hallar acomodo en la lista de un lector que lo único que quiere es una novela que empezar y terminar, por placer sin más. Una historia que como todas las historias de amor es la de una obsesión. Obsesión, pasión y amor que se resumen en dos capítulos que sólo en su totalidad merecen ser citados y que hacen desear al lector haber tenido o haber sido objeto de pasión semejante.
Otro modo de pasión
"Esto quizá no tenga pies ni cabeza, pero debo decírtelo. La vida es muy corta. (…) Es un trecho muy corto. Da esos veinticinco pasos. Ahora. Ahora mismo. Vente así, como estas. Y viviremos felices el resto de nuestras vidas" (Lolita, Vladimir Nabokov).
Un poema para enero
"Pasada ya la cumbre de la vida, /justo del otro lado, yo contemplo / un paisaje no exento de belleza / en los días de sol, pero en invierno inhóspito. / Aquí sería dulce levantar la casa / que en otros climas no necesité, / aprendiendo a ser casto y a estar solo. / Un orden de vivir, es la sabiduría. / Y qué estremecimiento, / purificado, me recorrería / mientras que atiendo al mundo / de otro modo mejor, menos intenso, / y medito a las horas tranquilas de la noche, / cuando el tiempo convida a los estudios nobles, / el severo discurso de las ideologías / -o la advertencia de las constelaciones / en la bóveda azul... / Aunque el placer del pensamiento abstracto / es lo mismo que todos los placeres: / reino de juventud". ("Píos deseos para empezar el año", Jaime Gil de Biedma).
Banda sonora
Se ha reunido un corro de vecinas / y han decidido que digas lo que digas / nadie te va a hacer ni caso, / ellas no se dan por aludidas. // Se han reunido catorce o quince locas / y han decidido tocarme las pelotas, / y lo están consiguiendo, / me voy a quedar en el intento, / me voy a quedar en el intento ("Reunión en la cumbre", Los Planetas).
Paolo Giordano
- ¿No lo sabes? / - No lo he pensado. / - Esas cosas no se piensan. / -Es que yo si no pienso no entiendo.
(Paolo Giordano)
La soledad de los números primos de Paolo Giordano es uno de esos libros que antes que en el ejercicio de estilo o en las metáforas que se fijan en la memoria está basado principalmente en su personajes. "De la fotografía, a Alice le gustaba más el gesto que el resultado", en esa frase están resumidos los movimientos, de encuentro y desencuentro, que Alice y Mattia emprenden a lo largo de toda la novela. Alice es, a consecuencia de un accidente de ski sufrido de pequeña, patizamba y retraída hasta que encuentra en la fotografía una, inútil, tabla de salvación; Mattia, un matemático bastante bueno que usa esa ciencia precisamente para no tener que pensar, o hacerlo demasiado, con tendencias suicidas por la culpabilidad que le causan los remordimientos de haber sido culpable directo de la muerte de su gemela retrasada.
Paolo Giordano en su primera obra deja sin más que sus personajes ¿obligados? a la soledad vayan atravesando los diversos momentos en que esta se manifiesta: la primera infancia, con un retrato acertadísimo de la crueldad de los niños y las niñas, la adolescencia, el momento de la entrada al mercado laboral, el matrimonio, en el caso de Alice, la necesidad de establecerse en el matrimonio, en el caso de Mattia, y, sobre todo, en las últimas páginas, en la imposibilidad de encuentro con quien se debe estar.
"Y se imaginó también cómo al poco sus movimientos se volvían más sinuosos, su bracear más amplio y armónico; cómo sus pies, tiesos como aletas, se movían a la vez y sus cabeza se volvía hacia la superficie por donde aún se filtraba un poco de luz; cómo salía a flote y respiraba y, nadando con la corriente se dirigía a un lugar nuevo, toda la noche, y finalmente llegaba al mar". De imágenes como esa, de párrafos así, está repleta la novela, imágenes sencillas, perfecta e instantáneamente visibles en la mente del lector a la primera, que convierten la vida de los "normales" personajes en algo que en un momento u otro acaba remitiendo al lector a sí mismo, a esos ineludibles momentos en que nada más existen y que todos han, alguna vez, vivido.
La soledad de los números primos, que encuentra su título en unos primos muy especiales que sólo están separados entre sí por un número como el 11 y 13 o el 17 y el 19, es, sobre todo, la descripción de la imposibilidad de tener una vida feliz; es decir, un libro en el que cualquiera encuentra esas situaciones que en la vida pasan en un segundo apenas, en un instante, y que parecen perseguir a Aluce y Mattia y que, a pesar de tal cúmulo de desgracias, son personajes creíbles. El mayor mérito de Paolo Giordano, y hay que recordar de nuevo que es la primera novela de este físico, es haber conseguido que el lector se enternezca, no tanto al reconocerse sino al desear que en algún momento encuentren la felicidad. O, al menos, algo que se le parezca.
"Sonrió al cielo terso. Con un poco de esfuerzo podría levantarse sola." Esa frase final es la que viene a resumir todo el espíritu de la novela. No tanto en el hecho de levantarse sola, cosa que al fin y al cabo es a lo único a lo que cualquier humano está condenado, sino en ese verbo perifrástico anterior "podría" que marca de un modo sencillo, pero directo y sincero, la verdad: el problema no es estar o no estar solo sino si se puede soportar una vida así.
Que un poema fuerte es aquel que expresa una verdad eterna y que lo hace dentro de una tradición expresiva. El problema, y él se lo calla, es que tantas y tantas obras contemporáneas están empeñadas en, primero, no hablar de verdades sino de subjetividades cada vez más vacuas y fácilmente provocadoras y, segundo, en demostrar al lector, o la industria editorial que sería peor aún, que ya nada vale la pena ser cantado, escrito, transmitido. Tal vez mañana o el año que viene traigan nuevas obras. Y nuevos críticos más cercanos al espíritu del genial Harold.
Un poema de Antonio Colinas
Uno de los poetas de la generación española de los setenta que, frente al culturalismo y los novísimos, mantuvo su creencia en la naturaleza y en el significado trascendente que en ella se encuentra. "¿Recuerdas todavía el débil canto / del ruiseñor perdido en la enramada? / Viste temblar conmigo aquella noche / la copa del ciprés. / Desmadejó / el cielo hilos de luna por tu rostro. / Pero después del pájaro y la luna / se apagaron los astros. / Vi pasar / no sé qué brisa extraña por tu cuerpo. / ¿Recuerdas nuestras manos en el agua? / ¿Recuerdas el silencio sobre el campo / y, como un dios sangrante, el nuevo día / incendiando las torres, las palomas?" ("Envío").
Banda sonora
"One and one and one is three" (The Beatles).
lunes, 18 de enero de 2010
Más de poesía (Pacheco, Quiroz, Mix)
(Juan Carlos Quiroz)
Como la lluvia (Era / El Colegio Nacional, 2009) del más reciente Premio Reina Sofía es una demostración más de la maestría que ha alcanzado José Emilio Pacheco en un tipo de escritura poco practicado por otros poetas, limpia en lo constructivo, simple en el lenguaje y compleja de ideas. Este nuevo libro es, para el lector atento en la poesía, poca, que se publica en revistas, un reencuentro con la mayoría de los textos que habían aparecido a lo largo de los siete años que recopila el poemario.
Como suele ocurrir con los libros de José Emilio Pacheco, es una variedad de formas las que confluyen en unos poemas que le dan vueltas y más vueltas a los pocos temas que conforman su poesía (el amor, otoñal en este caso, cansado, imposible, la certeza de la edad adulta, la cercanía a la muerte, los animales, las alegrías cotidianas y las no tanto y, sobre todo, la literatura como oficio de amor y de humildad). Como la lluvia, título también de un poema en el que Pacheco vuelve a esa Pompeya de la que ya antes había extraído lecciones de amor y eternidad, es más que un sólo poemario cinco: “Los personajes del drama”, “Como si nada”, “El mar no tiene dioses”, “Celebraciones y homenajes” y “Los días que no se nombran”.
El Pacheco animal literario, “enfermo de literatura”, encuentra su vena más metaliteraria, además de esa creación de el poeta loco que ya había aparecido en forma de secuencia en Crítica, en esa práctica tan suya de firmar apócrifos, ciertos y falsos al mismo tiempo, que adjudica versos de José Emilio a, entre otros, Safo, Lope de Vega, Darío o Salvador Díaz Mirón.
Leer este libro de José Emilio es volver a descubrir la esperanza en que la poesía no ha muerto, cercada cada vez más por las exiguas publicaciones y el alejamiento (obligado en muchos casos de los lectores a los que nada les dice ya), es volver a encontrar en ciertos versos aquella afirmación de Robert Frost “un buen poema es aquel que hace exclamar al lector ‘esto quería decir y con estas palabras’”. Y esa es la sensación con el poema que antes de entrar a este libro se había impreso en carteles, “El Mañana”: “A los veinte años nos dijeron: “Hay / Que sacrificarse por el Mañana”. // Y ofrendamos la vida en el altar / Del dios que nunca llega. // Me gustaría encontrarme ya al final / Con los viejos maestros de aquel tiempo. // Tendrían que decirme si de verdad / Todo este horror de ahora era el Mañana”:
Y Pacheco, animal político al fin y al cabo y preocupado siempre por su país, ese por el que “daría la vida /por diez lugares suyos,/ (...)-y tres o cuatro ríos”, dice en un breve poema que “Para evitar discusiones / Me limito a dos líneas de ldous Huxley. / Resumió cuanto piensan quienes nos ven en inglés / En la tarjeta postal –el e-mail de entonces- Dirigida a Ottoline Morrell: // Very strange and sinister country / And dark, savage country”.
Adán y Eva
El prolífico, pero poco pródigo en esta ciudad, Juan Carlos Quiroz y uno de los grabadores más creativos del país son los encargados de recrear a los dos protagonistas de los primeros capítulos del Génesis. Hay tres maneras de leer este delgadísimo volumen, apenas once poemas de no más de quince versos y otras tantas ilustraciones: los textos, los textos junto a la contemplación de las perfectamente adecuadas imágenes y, yendo y viniendo al índice de los grabados (que tienen, al contrario de los poemas, título). La poesía de Quiroz, cada vez más cercana a ese silencio esencial tan de la generación de los cincuenta española con Valente y el último Gamoneda, ha sido siempre, pero se agudiza cada nuevo poema publicado, otorga al lector un espacio blanco no sólo versal sino mental donde el poema fermenta entre los que “fuimos nosotros / los escogidos / los secos de voluntad” y “la verdad tallada / en esta placa”.
Otra joya editorial de Casa Vigo
Sobran muros, un solo poema, inaugura la colección titulada “Hojarasca”, exquisita en su sencillo diseño, como viene siendo habitual, y presenta, acompañado de una obra gráfica otoñal, el último poema de Rolando Mix (Pozo Almonte, Chile,1931 – Zaragoza, España, 2009), el encontrado “entre sus cosas el mismo día que Rolando falleció” y que, significativamente, comienza diciendo “Mi sombra ha muerto, / se fue justo a mediodía”.
Banda sonora
Puedo hacer que no haya sol, / puedo hacer que no lo veas / y que nadie nos recuerde nunca más. // Puedo hacer una prueba, / puedo hacer que me quieras, / puedo andar dentro de ti, / puedo estar en tu cabeza / y que no mires a nadie nunca más”. (“David y Claudia”, Los Planetas)
lunes, 14 de diciembre de 2009
Herralde como antólogo
Fin de la cita y Dios salve a la Reina.
(Jorge Herralde)
Con esa sucinta (y tan british) frase termina la conferencia que el editor de Anagrama utiliza "a modo de posfacio" de El mejor humor inglés, una edición que se anuncia como no venal pero que se puede comprar, mientras que en su introducción propone, habiendo asumido perfectamente el understatement tan característico de la nación que "los ingleses inventaron también el fútbol: casualmente, los seleccionados aquí son once, un equipo imbatible".
Si algo ha defendido siempre el catálogo de Anagrama, entre otras muchos autores y tendencias, ha sido el descubrimiento (o redescubrimiento, en caso de los autores más viejos) de la constante producción de "humor", con comillas, inglés. Catalogo en el que no están todos los que son, pero sí, son todos los que están recopilados por uno de los mayores defensores en España de ese tipo, no tan reconocido universalmente, de motivar la sonrisa más que la risa. Catálogo del que, como ese típico cinismo británico, afirma su editor, ¡en francés!, que presupone un "embarras du choix".
De P. G. Wodehouse y Evelyn Waugh, clásicos, poco puede decirse salvo que son ya clásicos por derecho propio. Apenas alegarse que son, por derecho propio, necesarios en cualquier antología que se precie aunque sus obras maestras, las serias, no estén en Anagrama. Aunque, como lector, cualquiera hubiese elegido un fragmento, ¿pero cuál? debió preguntarse Herralde, de esa librito del que es imposible no reírse a carcajadas en cada página que es Black Mischief, acertadamente recreada en la traducción como Merienda de negros.
Las dos sorpresas, gratas ambas, de esta selección son Saki y Alan Bennet. El primero con un sorprendente cuento de Cuentos de horror y humor que demuestra ser bastante superior su más conocido y multiantologado "Los juguetes de la guerra". El segundo con un par de fragmentos que demuestran que la clase social sigue siendo, en la conservadora Inglaterra, motivo de burla, con el especialmente alucinante episodio de la Reina de Inglaterra intentando hablar con el primer ministro francés sobre André Guide o el aristócrata que consagra su vida a las salamandras.
Tom Sharpe y Wilt, del que es recomendable cualquiera de sus aventuras, Roald Dahl con ese cuanto de humor negro que ha influido hasta en el Almodovar de Matador y que tiene como protagonistas a una esposa asesina y una deliciosa pierna de cordero, y el Julian Barnes más francófilo y socarrón (aunque otro editor hubiera antalogado ese momento de El Loro de Flaubert en que para el recuento de la relación del escritor francés con los animales aparecen también las ladillas) el medio campo, por continuar con la herraldiana metáfora.
Y, para negar el refrán de que "los ingleses no tienen sexo; tienen botellas de agua caliente" Martin Amis y Ian McEwan ofrecen dos cuentos bastante explícitos: el primero sobre las matemáticas que hacen falta para que en una relación conyugal salgan las cuentas de tres punto cinco coitos a la semana, mientras que el segundo es capaz de hacer que el espectador sonría al retratar los acercameintos, y posterior triunfo, de un joven de quince años acostándose con su hermana menor.
Douglas Adams y su Guía del autoestopista galáctico proponen, ahora como en el momento de su publicación, una mirada no exenta de ironía De Nick Horby, last but not least, el humorista pop, elige Herralde un fragmento del elogio a la música rock que es "Alta Fidelidad", uno en que la compra de una colección de singles, se convierte en una puja absurda en que cuenta más la venganza que la música, en que sólo un vinilo de northern soul se salva, un canto de amor en el que gana el lector mientras sufre a poco fanático que sea.
Para leer de abajo hacia arriba
Es el título de un poema de Pedro Mairal: "la rosa / que es / la palabra más alta / en la última palabra / palabras que se juntan / perfume suavidad / rodeados de color rocío planta / ser pétalos y pétalos y pétalos / que puede despertarse hasta ser muchas / como explosión dormida / aparece el sonido florido de pimpollo / y en la punta más verde de la palabra tallo / dice tallo y hojitas / y sol y viento y agua / rodeado de palabras como oxígeno / y dice brote y muere y ese brote / la palabra semilla se me abre / en la noche cerrada bajo tierra / tapada bajo todo el diccionario / tengo una diminuta que es semilla / y en el medio de todas las palabras / domingo llave lápiz cable diente / palabras como frío sombra piso / tengo un silencio lleno de palabras".
Banda sonora
La reina de Inglaterra es un concepto, es una idea / que no me cabe en la cabeza. / La reina de Inglaterra y los nietos de la reina de Inglaterra. // ¿Cómo será Talavera de la Reina de Inglaterra? // La reina de Inglaterra y lo que los punkis han hecho con ella, / la reina de Inglaterra en un montón de camisetas, / la reina de Inglaterra y la madre de la reina de Inglaterra. // ¿Dónde estará Talavera de la Reina de Inglaterra? ("La reina de Inglaterra", Grupo de Expertos Solynieve).
viernes, 11 de diciembre de 2009
martes, 8 de diciembre de 2009
Cohen y Salinger
Los niños muestran sus cicatrices como medallas. Los amantes las usan como secretos a revelar. Una cicatriz es lo que ocurre cuando el mundo se hace carne.
(Leonard Cohen)
El juego favorito es la primera novela de Leonard Cohen, de 1963, y apenas ha sido vertida al español en una traducción argentina que no dificulta pero tampoco ayuda. El cintillo que lo envuelve es elogioso y lanza un guiño al lector al afirmar que capta "tan bien la ansiedad juvenil como El Guardián entre el Centeno de J. D. Salinger". Y, frente a otras novelas de cantantes o poetas, pues Cohen es ambos, sale bastante bien parada.
El título, sin develar nada, pues apenas es un accidente en la novela, antes que una metáfora, se refiere a un juego, propio de los países fríos y nevados, en el que uno toma al otro participante en los brazos y lo hace girar hasta que cae sobre la nieve y así alternativamente hasta que gana quien logra la figura más inesperada.
Y, sólo la memoria es capaz de volver a vivir aquellos días de tantos cambios y descubrimientos hasta que al final no queda nada salvo "un adorable campo blanco de figuras semejantes a flores, con pisadas a modo de tallos".
Pero, sobre todo, El juego favorito es lo que se da en llamar una novela de iniciación, que combina capítulos cortísimos, de apenas una o dos páginas, en los que el tiempo parece detenerse, y los capítulos más largos en los que la acción avanza y los personajes, y el narrador, se entregan a reflexiones sobre sus propios avatares. Esta novela es una más sobre la vida de un adolescente, judío como el inolvidable Portnoy, pero, al mismo tiempo es una aguda, e interesantísima, meditación sobre lo que supone crecer, sobre el desafío de entregarse a la libertad, sobre la incomodidad que es el hecho de convertirse en adulto, bastante más difícil en los años en que transcurre la novela que ahora . Aunque, no todo debería ser perfecto en esta obra, Cohen parece encontrarse bastante más cómodo, y el lector también, escribiendo esas escenas en la que el lirismo le gana a la descripción, de esas que hacen exclamar "eso es una canción" porque es imposible poner la mente en blanco y olvidar que el autor de El juego favorito es también el de la inolvidable So long, Marianne.
"Exhibir una herida, las orgullosas cicatrices de un combate, es fácil". Lo difícil, sería la enseñanza de la novela si es que tiene alguna, es vivir ese combate cotidiano y al que siempre se mira con nostalgia que es el paso de la adolescencia al mundo real, un mundo que nunca es como se espera y en el que la única salvación o la memoria.
(BS: "Give me a Leonard Cohen afterworld / So I can sigh eternally", "Pennyroyal Tea", Nirvana).
Franny y Zooey
Como en la mayoría de los textos de Jerome David Salinger en estos los cuentos cortos que dan título al libro parece que no pasa nada. En el brevísimo "Franny" un joven universitario de la Ivy League espera a su novia que llega desganada y asqueada con el mundo ("El hecho de que me condicione tan horriblemente aceptar los valores ajenos y de que me guste el aplauso y que la gente se entusiasme conmigo no lo justifica. Me avergüenzo de ello. Me da náuseas. Me da náuseas no tener el valor de ser una absoluta nulidad. Tengo asco de mí misma y de todos cuantos desean causar alguna especie de sensación"), van a cenar, ella habla y habla de un libro del que no recuerda el título pero trata de un campesino ruso buscando el modo de orar a toda hora, se desmaya y termina "muy quieta, con la vista fija en el techo. Sus labios empezaron a moverse, formando palabras sin sonido, y continuaron moviéndose". "Zooey", la larga contraparte, es, tras el preámbulo con Zooey leyendo una carta de su hermano en la bañera, un intento de salvar, por teléfono y apetición de la madre de ambos, a su hermana Franny de la depresión religiosa en que se encuentra y que, en uno de los que tal vez sean los dos cuentos más budistas de la producción de Salinger, también termina en quietud ya que "durante unos momentos, antes de sumirse en un sueño plácido y profundo, permaneció quieta, sonriendo al techo".
Un poema de Nuno Júdice
Podríamos saber un poco más / de la muerte. Pero no sería eso lo que nos haría / desear morir más
aprisa. // Podríamos saber un poco más / de la vida. Tal vez no necesitaríamos vivir / tanto, cuando sólo se precisa saber / que debemos vivir. // Podríamos saber un poco más / del amor. Pero no sería eso lo que nos haría dejar / de amar al saber claramente lo que es el amor, o / amar más todavía al descubrir que, aun así, nada / sabemos del amor. ("Principios", Traducción de Elkin Obregón).
Banda sonora
"Y a las dos de la mañana / me vinieron a llamar / dos pares de ojitos negros / y me tuve que entregar. // La manita en el Evangelio / la pongo yo que me muera / que yo no he matao [sic] a nadie / de noche en la carretera" ("Romance de Juan de Osuna", Manolo Caracol / Los Planetas).
martes, 1 de diciembre de 2009
Martínez Farfán y Fernando Pessoa
aunque la verdadera memoria no vuelva / si no es acompañada del silencio / sólo que el silencio no existe
(Francisco Martínez Farfán)
"Nadie escribiría poesía si no es para salir del silencio que nos habita", anota Sara Cohen en la cita que significativamente abre La Memoria Verdadera de Francisco Martínez Farfán para resumir perfectamente el espíritu del uno de los libros más esperados de la escena poética de Aguascalientes. Un silencio que se inscribe en todos los poemas del libro con muy diversas variantes: cierta resistencia a la cotidianeidad que no encuentra nunca su palabra exacta sino a través de la metáfora, un constante movimiento que propone tanto como una fuga hacia adelante como el espacio detenido y silente siempre, la necesidad de anotar hasta el movimiento más ínfimo e intimo ("Por ejemplo este día"). Es decir, una poesía que se debate siempre entre la consistencia del lenguaje, poemas que piden siempre un verso más y otro y otro hasta que cesan abruptos, casi al borde de un abismo ya impronunciable, y la necesidad del silencio como momento de reflexión y necesidad de quietud.
Farfán describe, si no a sí mismo, pues la mayoría de los poemas parecen compuestos por persona interpuesta o al menos con un cierto distanciamiento, una peculiar manera de escribir, aquella en que la escritura es la revelación del mundo. Un mundo, también que habita el deseo y la necesidad/imposibilidad de que se revele. O que, cuando lo hace es simbólico: "alguien sopla / un deseo en el mundo, alguien escucha en la radio una espina". Una escritura que sea, aunque imposible, al mismo tiempo deseo y mundo, radio y espina.
Un poema resulta resumen, insuficiente pero acertado, del espíritu que imbuye el poemario completo: "Por ejemplo este día / del sol agotador en el miedo / este desorden centrífugo que despeluza [sic] / que lanza listones sucios y cuerdas mojadas / contra el borde solitario del esternón / contra su dedo / mientras la tierra gira y remueve sus aguas / y nadie sabe huir / y parado sobre la hierba / solo permanece lejano de palidez / culpable de respirar / intoxicado para defenderse". Un poema que, además, como la mayoría de los poemas de La Memoria Verdadera, resulta imposible de glosar.
Leer a Farfán es descubrir, en estos tiempos de tanta lírica fácil y objetos a los que se les concede gratuitamente estatus de poema, una escritura que una vez impresa, y aquí daría mucho que hablar el hasta ahora terror del autor a ver sus poemas en imprenta, queda en manos del lector que no puede salvo ver el mundo con otros ojos, ojos no siempre misericordes y no siempre claros: "Memoria no es caudal sólo un rasgo, / luz que decrece. / Duele saber qué fuimos –perfil de sombra– / duele dar por perdido / el silencio oquo que somos, / percibir por ocultamiento". O ver el mundo a través de sombras como tantos poetas y místicos han querido.
El lector se enfrentará a un libro difícil, un libro que ha terminado por encontrar su camino y confirmar el siempre cuchicheado secreto del autor. La Verdadera Memoria es y el título apenas lo apunta un ejercicio de reflexión, escondida, sobre los pocos temas que realmente merecen la pena en este mundo, y por lo tanto, en la literatura: la vida que hay detrás de la vida, el instante único en que se hace presente y como, aunque falseemos, resulta siempre una "memoria verdadera"
Poesía, pues, la de Martínez Farfán que habita entre las dos necesidades del poeta, el cantar y el callar, y que se acoge también a las palabras de Valery que abren la segunda parte de esta memoria que ya era más que necesaria: "en cuanto a mí, pienso que un único tema, y aun las mismas palabras, pueden ser retomados indiferentemente y ocupar toda mi vida". Y los poetas, ya se sabe, no tienen biografía, no tienen vida, tienen, sólo (o solo) obra.
Un fragmento de Pessoa
"Vivo siempre en el presente. El futuro, no lo conozco. El pasado, ya no lo tengo. Me pesa el uno como la posibilidad de todo, el otro como la realidad de nada. No tengo esperanzas ni nostalgias. Conociendo lo que ha sido mi vida hasta hoy –tantas veces y en tantas cosas lo contrario de lo que yo deseaba–, ¿qué puedo presumir de mi vida de mañana, sino que será lo que no presumo, lo que no quiero, lo que me sucede desde fuera, hasta a través de mi voluntad? No tengo nada en mi pasado que recuerde con el deseo inútil de repetirlo. Nunca he sido sino un vestigio y un simulacro de mí. Mi pasado es todo cuanto no he conseguido ser. Ni las sensaciones de los momentos pasados me resultan nostálgicas: lo que se siente exige el momento; pasado éste, hay un volver de página y la historia continúa, pero no el texto." (Libro del Desasosiego de Bernardo Soares)
Banda sonora
¿Por qué no me dejáis dormir, / dormir, dormir? // Estoy tan bien / como una puta en su hora libre" (Cristina Rosenvinge "Cerrado").
lunes, 23 de noviembre de 2009
sábado, 21 de noviembre de 2009
De A., como siempre
Como sabrás, mi apellido ya no es Persons sino Capote, y me gustaría que en el futuro te dirigieras a mí como Truman Capote, ya que todo el mundo me llama así.
(de T. C. a Arch Persons)
Escribir una reseña sobre el autor de A Sangre Fría tiene, siempre, una garantía de éxito que el propio escritor asumió: "No me importa lo que digan de mí mientras que sea falso". Además incluso aquellos que no lo han leído saben de su existencia gracias al cine ya sea, dependiendo sobre todo de la edad, de la inolvidable Desayuno en Tiffany's con esa actriz angelical y hermosísima o de la más reciente Capote. Un Placer Fugaz, hermoso título, es la suma completa de la correspondencia ("que no ha pasado por ningún lavado de cara editorial") por Truman Capote a lo largo de toda su vida desde la adolescencia. De hecho, en ella comienza su plena conciencia de sí mismo, una característica peculiar, precisamente con la carta que encabeza estas líneas.
En Un Placer fugaz se encuentran en toda su plenitud las cuatro facetas que el escritor afirmó de sí mismo: "Soy alcohólico, Soy drogadicto, Soy homosexual, Soy un genio", aunque no necesariamente en ese orden ni con esa importancia.
Como la mayoría de los grandes autores, cada una de sus líneas, cada una de sus afirmaciones, y más en el caso no de escritura de ficción sino de correspondencia personal, refleja al autor. Incluso cuando habla de otros. "Cecil Beaton, que no está ligado a ninguna editorial, ha preparado un libro enorme con fragmentos de sus diarios; lo he leído y es muy indiscreto, muy divertido conmovedor a veces, e implacablemente sincero: no se salva nadie, ni él mismo". Esas mismas palabras, a las que sólo (o "solo" según las nuevas normas de la Real Academia Española) haría falta cambiarles el nombre, resumen perfectamente el estilo y tono de la mayoría de las cartas a las que Capote era, podría decirse, adicto a escribir. Y, según parece por muchos de los primeros párrafos, sobre todo, a recibir.
En las cartas se descubre a un Capote que se deja arrastrar por la belleza de la vida que le sorprende, casi siempre, a mitad de sus viajes, en cada lugar nuevo que encuentra, reencuentra o descubre. "Está anocheciendo. Por Dios, París es precioso a esta hora. Una luz de un azul irisado ilumina la calle, esas delicadas farolas rosas empiezan a florecer en el Étoile, y hay un grupo de niños que van arriba y abajo por el quai cantando 'La vie en rose'. Enloquecería de alegría si además estuviéramos todos juntos".
Y, en alguien tan radicalmente sexual como el escritor del inolvidable "Una Guitara de Diamantes", uno de sus cuentos más perfectos, no podían faltar las referencias más que explícitas a una desbordada apetencia sexual. "Aquí, en las islas, los hombres bailan siempre juntos, nunca verás a una mujer en las tabernas. Pero todo es muy inocente, o eso me parece. Pero en Atenas… no se puede andar más de una manzana sin que se te arrimen diez veces. No exagero. Hay una librería, justo en la plaza de la Constitución que está especializada en fotografías y literatura de un género en particular. Salí con la mochila llena, y ya te lo pasaré, sobre todo un volumen titulado The Sexual Life of Robinson Crusoe".
Un placer fugaz es, principalmente, eso, un placer, que a pesar de las más de seiscientas páginas, asoma al lector a la vida de relación de Capote con editores, amigos y amantes hasta la brevísima, y acertadamente, última carta, en realidad un telegrama: "te echo de menos dime cuándo llegas Besos Truman". Un Truman Capote que parece, de hecho, despedirse no sólo de Jack Dunphy y la vida sino también del lector.
De Desayuno en Tiffany's
"No soy Holly, (…) no sé quién soy. Soy como este gato, somos un par de infelices sin nombre, no pertenecemos a nadie ni nadie nos pertenece, ni siquiera el uno al otro".
"¿Sabes lo que te pasa? No tienes valor, tienes miedo, miedo de enfrentarte contigo misma y decir está bien, la vida es una realidad, las personas se pertenecen las unas a las otras porque es la única forma de conseguir la verdadera felicidad. Tú te consideras un espíritu libre, un ser salvaje y te asusta la idea de que alguien pueda meterte en una jaula. Bueno, nena, ya estás en una jaula, tú misma la has construido y en ella seguirás vayas a donde vayas, porque no importa donde huyas, siempre acabarás tropezando contigo misma"
Un poema de Antonio Gamoneda
Todos los días salgo de la cama / y digo adiós a mi compañera. / Vena: cuando me pongo los pantalones, / me quito la / libertad. // Cuando llega la noche, otra vez / vuelvo a la cama y duermo. / A veces sueño que me llevan con las manos atadas, / pero entonces me despierto y siento la oscuridad, / y, con el mismo valor, el cuerpo de mi mujer y el mío. ("Libertad en la cama").
Banda sonora
Los cuchillos que vienen en esta baraja / te permiten jugar con amplitud. / Nunca temas las distancias, / la rueda más ancha es más eficaz. // De lo que tengo miedo / es de tu miedo a que lo veas todo igual / o a que todo te sea indiferente. ("Baraja de cuchillos", Joe Crepúsculo, Manos de Topo y La Bienquerida).
martes, 17 de noviembre de 2009
Pellicer
Gran poeta, Pellicer nos enseñó a mirar el mundo con otros ojos y al hacerlo modificó la poesía mexicana. Su obra, toda una poesía con su pluralidad de géneros, se resuelve en una luminosa metáfora, en una interminable alabanza del mundo: Pellicer es el mismo de principio a fin.
(Octavio Paz)
Hay poetas, autores y libros a los que se regresa por accidente, por, como dice la expresión popular, un feliz accidente. A Material Poético 1918/1961 de Carlos Pellicer sólo se puede acceder por un golpe de suerte en una librería de viejo, ya hay una más en esta ciudad, o porque un amigo decide, en lugar de quedárselo, regalarlo a un amante de los libros, que todavía existen como propone Mauricio Salvador en el número más reciente de la revista Tierra Adentro.
Material Poético que recopila casi, casi toda la producción del poeta es una edición hermosa, de gran formato y tipo también grande, en tapa dura y lomo elegante, publicada en 1962 por la UNAM. Su título dice bastante de la relación que mantenía Pellicer con su propia poesía. El poema no es al final sino un cierto material, hecho de palabras, al que darle forma y que nada tiene que ver con el verdadero material: el mar, la montaña, el paisaje del trópico, el nacimiento, temas que aparecen una vez y otra a los largo de estas un poco más de estas seiscientas páginas.
Hablar de Pellicer es siempre tener que enfrentarse a un poeta que ha pasado, principalmente en los libros de textos y en los resúmenes de lectura hechos a toda prisa, como un poeta simple que se limita a cantar aquello que tiene delante, un paisajista en el peor sentido de la palabra. Leer a Pellicer, reencontrarse con él, en toda la diversidad de su obra poética, es una experiencia de descubrimiento página tras página, demostrando facetas, muchas, que a primera vista pueden pasar desapercibidas, como por ejemplo ese hermandad con alguien tan "diferente" a él, aunque coincidentes ambos en la verdadera misión poética como es Brodsky con el que coincide en los poemas navideños.
Valgan apenas tres ejemplos de entre los muchos que podrían proponerse.
"En medio de la dicha de mi vida / deténgome a decir que el mundo es bueno / por la divina sangre de la herida". Esos son los tres versos que abren su poesía completa y lo colocan en una tradición de sus contemporáneos, una especie de internacional poética del optimismo, acercándolo a otro poeta que parecería alejado a él como es Claudio Guillén, uno de los desconocidos de la tradición española. Para Pellicer, cantar en verso es también cantar lo bueno del mundo.
"4, 5, 6, 7 poemas / para estas aguas de nadadora coloración, / para los finos cambios que las montañas sesgan, / los soles corridos y el aire del sol". Son los poemas de Pellicer, al modo que han impuesto primero a la vista y después a la escritura, no simples descripciones del paisaje sino, como afirman estos versos, diferentes versiones, seis o siete poemas se titulan con "junio", afirmaciones de los diferentes cambios a los que se somete una misma realidad que, observada en diferentes momentos, cambia ante los ojos poeta y del lector.
"Sólo por ti estoy despierto / en esta media noche / de mi desencanto universal". Son estos tres versos un resumen perfecto de la idea de Carlos Pellicer de la poesía ya que es la suya y la de cualquier verdadero poeta, parece, el único medio de mantenerse en vela, es decir sentidos abiertos al mundo, en medio de, sobre todo, el ajetreo y la manifiesta maldad del mundo.
Dicen del poeta
"Pellicer inaugura de este modo un tono épico, una voz potente y que abunda en la cantidad, que incide en la magnitud cuantitativa hasta prácticamente la exageración, una exageración que los melifluos Contemporáneos supieron, sin embargo, celebrar. Torres Bodet considera que su verdadera vocación sería la epopeya, que es cantor de montes y de cascadas, que su abundancia verbal resulta un lujo y que vive la fiebre en tanto su temperatura normal. Gorostiza lo saludaba como el poeta que en realidad es dos. Y él parece aceptar esas definiciones mejor que ninguna otra, cuando se califica a sí mismo de tropical insobornable, poeta irremediable del desorden.
Probablemente la empresa a la que se destina está por encima de sus fuerzas —Octavio Paz afirma que su producción exige una buena poda—, pero la empresa en sí ya es magnífica, interesante, poética e injustamente olvidada por quienes creen todavía a Neruda el exclusivo inventor de las cumbres andinas y el descubridor singular de la esencia americana. Antes de él, Carlos Pellicer ya andaba cantando la maravilla del verde sin límites". (Esperanza López Parada en Letras Libres España).
"Como Walt Whitman, Pellicer fue cantor de las Américas y, en paralelo, rapsoda de sí mismo. En aquella amplitud estriba su urgente novedad: ensanchamiento lírico frente al dolor, prudencia épica frente al arrebato. Paisaje en claroscuro como único espacio de mediación posible para la poesía". (Hernán Bravo Varela en Letras Libres México).
Banda sonora
Sé que nadie me entenderá / cuando me encierre solo en mi habitación / y haga los planes para que mi ciudad viva una nueva explosión. // Sé que el mundo va mal, / pero por eso no voy a pagar, / así que ya no queda nada de qué hablar. ("Luces rojas", Los Flechazos)
lunes, 9 de noviembre de 2009
Alice Sebold y un par de comentarios
Casi. // No exactamente. // Os deseo a todos una vida larga y feliz.
(Alice Sebold)
"Me llamo Salmon, como el pez; de nombre, Susie. Tenía catorce años cuando me asesinaron, el 6 de diciembre de 1973".
Si resumir en un par de frases cualquier novela además de imposible es un intento inútil, hacerlo con Desde mi cielo (Mondadori, 2002; en el original The Lovely Bones) de Alice Sebold es además dejar fuera esa parte de la literatura que siempre es intransmitible, la sensación que convoca en el adentro del lector. Escribir que esta novela es sobre una niña violada y muerta sería convertirla en algo sensacionalista, escribir que es sobre alguien que desde el Cielo, así con mayúsculas, observa como la vida se desenvuelve sin ella sería proponerlo como un libro sentimentaloide, escribir que es una novela policiaca en la que se busca a un violador de niñas, sería hacerle perder demasiado, escribir que es un libro "realista" sería, directamente una gran mentira. Desde mi cielo es todo eso y, sobre todo, una pequeña gran obra, una de esas que sin llegar a ganar el adjetivo de "maestra" asegura un espacio en el corazón y la mente del lector.
"La verdad era muy distinta de lo que nos enseñaban en el colegio. La verdad era que la línea divisoria entre los vivos y los muertos podía ser, por lo visto, turbia y borrosa."
La gran ventaja de Desde el cielo, de la mano entrenada de Alice Sebold después de su escalofriante relato autobiográfico Afortunada, es que los momentos más íntimos del libro encuentran siempre su contraparte en un cielo que no lo es exactamente y un mundo real que intenta olvidarse de Susie. El funeral está contrapunteado con la llegada de la abuela avagadneriana y el primer beso de la hermana, la revelación repentina del asesino a los padres con un extraño campamento en el jardín trasero y las escenas del cielo como espacios exclusivos en que cada uno construye lo que pudo haber sido. Como afirma uno de los críticos de este libro, el material de Desde mi cielo en otras manos la novel se hubiera convertido en un manual de autoayuda y frases fáciles, en las de Sebold, un constante recordatorio de lo complicado que es vivir (y, por supuesto, morir).
"-Anoche entró y me besó en la mejilla –dijo Buckley. / -No lo hizo. / -Sí lo hizo. / -¿En serio? / -Sí. / -¿Se lo has dicho a tu madre? / -Es un secreto –dijo Buckley-. Susie me ha dicho que aún no está preparada para hablar con ellos." Susie Salmon es un fantasma en el sentido de las historias más clásicas, es decir alguien que está atrapado entre los dos mundos, el aquí y el allá. Pero Desde el cielo no es para nada una historia de seres que se aparecen sino uno novela sobre cómo la vida debe continuar aún con los sucesos más trágicos, de cómo todo se acaba por olvidar y, sobre todo, de las pequeñeces de que está compuesta la vida cotidiana que no termina en ese cielo del que, afirma Susie "me gustaría deciros que esto es bonito, que aquí estoy a salvo para siempre, como algún día lo estaréis vosotros. Pero en este cielo no existe el concepto de seguridad, del mismo modo que no existe la cruda realidad."
Y, después de Desde mi cielo, el lector puede ir a su más reciente novela (Casi la luna, Mondadori, 2008) que transcurre en sólo veinticuatro horas y, como parece ser habitual en la Sebold, tiene un tema macabro, el asesinato de una madre por su hija, y una primera frase que obliga a seguir leyendo: "Cuando ya se ha hecho y se ha dicho todo, matar a mi madre fue cosa fácil".
Una verdad sobre la crítica
"La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos, arriesgamos poco y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio, prosperamos con las críticas negativas, divertidas de escribir y de leer. Pero la triste verdad que debemos afrontar es que, en el gran orden de las cosas, cualquier basura tiene más significado que lo que deja ver nuestra crítica." (Anton Ego)
Una corrección borgeana
"En lugar de llamarme Jorge Luis Borges, muchas veces me llamaron José Luis Borges, y yo me di cuenta de que eso no era una equivocación sino una corrección. Porque Jorge Luis Borges es muy duro. ¿Por qué repetir un sonido tan feo como orge? Creo que no urge repetir el orge ¿no? […] Creo que a la larga voy a figurar en la literatura como José Luis Borges".
Banda sonora
Ya son veinte versiones de la misma historia, / distinto principio y distinto final. / Versión extendida, la del director, / la tuya y la mía, sé también la verdad. // Si te llamo no coges, si coges te enfadas, / Meses sin volver a hablar. / Borrón y cuenta nueva, / nos vemos las caras en un nuevo abrazo. // A decir la verdad, / nada más que la verdad, / la verdad, toda la verdad. ("20 versiones", Lagartija Nick)
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Un crítico de cocina
La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos, arriesgamos poco y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio, prosperamos con las críticas negativas, divertidas de escribir y de leer. Pero la triste verdad que debemos afrontar es que, en el gran orden de las cosas, cualquier basura tiene más significado que lo que deja ver nuestra crítica.
Pero en ocasiones el crítico se arriesga cada vez que descubre algo nuevo.
El mundo suele ser cruel con el nuevo talento, las nuevas creaciones.
Lo nuevo necesita amigos.
Anoche experimenté algo nuevo, una extraordinaria cena de una fuente singular e inesperada, decir sólo que la comida y su creador han desafiado mis prejuicios ante la buena cocina que subestimaría la realidad.
Me han tocado en lo más profundo.
En el pasado jamás oculté mi desdén por el famoso lema del chef Gusteau's 'Cualquiera puede cocinar', pero al fin me doy cuenta de lo que quiso decir en realidad. No cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero un gran artista puede provenir de cualquier lado.
Es difícil imaginar un origen más humilde que el del genio que ahora cocina en el restaurante Gusteau's y quién en opinión de este crítico es nada menos que el mejor chef de Francia.
Pronto volveré a Gusteau's hambriento.
martes, 3 de noviembre de 2009
Tres interesantes
- El nuevo cuento de Stephen King en el New Yorker con un primer párrafo "escalofriantemente" realista:
They've been married for ten years and for a long time everything was O.K.—swell—but now they argue. Now they argue quite a lot. It's really all the same argument. It has circularity. It is, Ray thinks, like a dog track. When they argue, they're like greyhounds chasing the mechanical rabbit. You go past the same scenery time after time, but you don't see it. You see the rabbit.
- Y en el número de aniversario (totalmente disponible en red, en contra de su habitual "unos pocos artículos y ningún poema") de la London Review of Books con un poema de John Ashbery y
- Una reseña sobre nueve tipos de hipocondría con una primer párrafo desternillantemente british.
Francisco Hernández
Escribir no es búsqueda. / Es impertinencia o la invención de un mapa / o simplemente el impulso / de una mente compleja / por desconectarse lo más pronto posible / de los días que lamentablemente proliferan.
(Francisco Hernández)
En estos tiempos en que, a pesar de Internet o por ella, se cumple el precepto zaidiano de "los demasiados libros" es difícil hallar uno que a la primera atrape al lector con el fervor de un texto al que volver una vez y otra. Y si resulta difícil con ensayos, novelas y volúmenes de cuentos o de varia intención, aún lo es más en el caso de la poesía. La Isla de las Breves Ausencias (Almadia, 2009) de Francisco Hernández representa una de las apuestas más seguras para que quien se acerque se sienta atraído y conmovido por una escritura que, dentro de lo directo y sencillo de sus afirmaciones, esconde, y al mismo tiempo trasluce, un fondo de radical humanidad.
Francisco Hernández, poeta de la obsesión
"Así pues, mora en ti como una isla, / en ti como en un refugio sin otro refugio; / con el Dahamma por isla y con el Dahamma / por refugio sin ningún otro refugio", así abre, como epígrafe, Digha Nikaya, La Isla de las Breves Ausencias. Bajo semejante advocación, los poemas, ¿en prosa?, ¿versículos?, presentan una isla, no man is an island, desde donde el protagonista de los poemas, ¿la voz del autor?, ¿una persona interpuesta?, ¿el propio Robinson Defoe observándose en conciencia?, se enfrenta con dos realidades radicalmente diferentes: las islas que observa, descritas cada una en su personalidad propia, el afuera, y el obelisco que reaparece una vez y otra, con frases y graffitis en cada cara. Es, en definitiva, un poemario que, como la mayoría de la veces en la poesía de Hernández, presenta una doble faceta, la del mundo y la de la interiorización del mundo, la de la memoria y la del presente, la de la muerte y como contraparte o complemento la vida en toda su extensión, sentido este último resumido en el hermoso poema final: "La muerte es una isla, pensé. / Una isla idéntica a un cementerio. / Alrededor de ella flotamos algún tiempo y a eso llamamos vida".
Como en libros anteriores Francisco Hernández, se sirve de un personaje, literario o artístico como ya había hecho como Robert Schumann, Friedich Hölderlin, que acabó loco a pesar de la lucidez de su cuestionamiento, tan actual, sobre la utilidad de los poetas en tiempos de miseria, y Georg Trakl, para encontrar una voz totalmente personal, probablemente una de las más individuales de la poesía contemporánea mexicana. "Lo distingo a lo lejos. / Es Robinson Defoe en su Isla, con su sombrilla, su arma, su perro y un pájaro que no deja de hablar. / (…) Después cae de bruces sobre su infancia de 290 años", confundiendo a personaje y escritor ofreciendo, tal vez, una clave de lectura para las páginas no sólo de La Isla sino de su obra.
"El escupitajo es una isla. Y un continente. / Y un balazo en el pecho del camino", dice en otro de los poemas confirmando que la escritura de Hernández es dramáticamente verdadera; es decir, que enfrenta su propia voz, y por ende al lector, con unos poemas en que la existencia es, aunque de claroscuros, más oscura e indescifrable que clara y cantable. O lo que es lo mismo, un espejo impecable de esa vida que en este caso no sucede en otro lado sino en los poemas.
La escritura de Francisco Hernández, y La Isla de las Breves Ausencias lo confirma de nuevo, es de un carácter Uno de los poemas centrales del poemario describe precisamente la sensación de agobio que invade al escritor condenado a la escritura, como vocación no sólo profesional o pecuniaria sino enraizada en la más íntima raigambre de su ser. "Anoto en el obelisco con un pedazo de tiza: // "¿Vale la pena seguir viviendo si no puedo escribir? / ¿Vale la pena seguir escribiendo si no puedo vivir?", una declaración que no es sino la pregunta rilkeana otra vez, esa necesidad compulsiva de vivir y de escribir, oficios ambos en los que Hernández da una lección de maestría.
Un poema de Hernández
"No me guardes en tu imaginación. / No me pienses. / Tus ojos están llenos de espléndida ponzoña. / No me mires./ Que mi saliva te inunde la garganta. / No me asfixies. / Deja de agusanar mi mente confundida. / No me pudras. / Guarda mis incisivos en una caja de plata / pero no te arrodilles ante sus resplandores. / No me reces. / Que mis ropajes no sirvan de velamen / a los navíos sin patria. / No me rasgues. / Que mis coágulos no vivan en tus uñas / ni en los nudillos que derriban templos. / No me maldigas. / En la herida la sal halle su suerte." ("Palabras de la griega")
Banda sonora
Visc a una illa deserta / i a un desert aïllat de tot, / som en Robinson Crusoe / i es meu salvavides és es teu amor. // Me sé tots els racons / d'aquesta habitació / i tots els ascensors / d'aquest hotel. ("Hotel Occidental", Antonia Font).