domingo, 16 de mayo de 2010

Flann O’Brien y a.

Flann O'Brien es sin duda un autor en mayúsculas. (…) Joyce y Flann O'Brien asaltan tu mente con palabras, estilo, magia locura y una imaginación infinita.

(Anthony Burgess)


 

Si de un autor desconocido se afirma que lo leían Samuel Beckett y James Joyce, ya corto de vista, usando la lupa de sus últimos años, y además logra colocar dos de sus novelas dentro del "Canon Occidental" de Harold Bloom o consigue que una de las casas editoras dedicadas a la vanguardia se llame como una de sus novelas, algo ha de tener éste, aunque sea un verdadero desconocido, apenas mencionado un par de veces por el siempre inquieto en sus lecturas Sergio Pitol, y su nombre de pila Brian O'Nolan haya sido eclipsado para siempre por sus dos, entre los más usados, seudónimos, Myles Na Gopaleen, colaborador para el Irish Times sobre política nacional irlandesa, y Flann O'Brien, autor de las inolvidables El Tercer Policía y Crónica de Dalkey.

"Dalkey es una ciudad pequeña, situada a unas doce millas al sur de Dublín, en la costa. Es una ciudad peculiar, acurrucada, tranquila, como adormilada. Sus calles, que no lo son tan claramente, son estrechas y en ellas suceden encuentros que parecen accidentales. Las tiendas, pequeñas, simulan estar cerradas pero están abiertas. Dalkey surge como un humilde asentamiento que debe ser vecino, y así lo siente el viajero, de algún otro lugar de importancia y distinción. Y lo es: es el vestíbulo de una visión celestial".

Tras ese primer párrafo que promete una novela de lo más normal, por no decir costumbrista, las disparatadas aventuras de los personajes convierten la Crónica de Dalkey en una disparatada novela detectivesca que implica en un intento de salvación del mundo a tres personajes tan disimiles como un funcionario irlandés del más bajo rango, un policía que ahorca bicicletas y considera que quien monta mucho en ellas va volviéndose bicicleta mientras que el medio de transporte se vuelve hombre, y un sacerdote con los más profundos conocimientos teológicos y un odio acérrimo a los jesuitas. Su meta, que tampoco entraría nunc a bajo la categoría de convencional, es evitar que un diletante científico loco, que además no cree ni en el tiempo ni el espacio que manipula a su antojo aunque sin control sobre él, acabe con el mundo mediante una descarga de un producto de invención propia llamado PDM, cuyas siglas no significan absolutamente nada.

A partir de ahí la novela, porque a pesar de sus personajes y de lo inverosímil de las situaciones nunca rompe con la forma clásica de lo que damos en denominar así, se llena de persecuciones lógicas, es decir, que ocurren sólo mediante silogismos, una aparición estelar en una cueva submarina del mismísimo San Agustín de Hipona que sólo piensa en justificarse y, en homenaje del escritor a uno de sus lectores, de Joyce en persona que no ha muerto sino que vive escondido en un suburbio de Dublín y que, al enterarse de la publicación de Ulysses, algo que él no quería y al que denomina "algo artificial y laborioso", monta en cólera.

Resumir qué pasa en las apenas trescientas páginas, de un ritmo endiablado, es casi imposible. Pero, y aunque no sea un libro para todos los públicos, es una de esas lecturas inolvidables, al modo también de La Conjura de los Necios, en que lo importante, antes que qué pasa, es el hecho de los personajes viven para siempre en la mente, y el corazón del lector.

Todo hasta un final que también resultará, así fuera de contexto, cuanto menos "normal": "– No hay nada como tener un tejado sobre la cabeza. Es una idea anticuada, pero un tejado significa seguridad para nosotros y para la familia. / – ¿La familia? / – Sí, Mick. Voy a tener un niño. Estoy segura".


 

Un fragmento del manifiesto de "Palabra en el Mundo"

Llamamos a abrirle ventanas y puertas a la realidad, a inundarnos de fuerza pura, a entregar humanidad, a crecer juntos, a sumar fuerzas y acoger en cada lugar la audacia de poetizar la vida. Las formas pueden ser múltiples, la pasión una sola: organizar en escuelas, universidades, teatros, cafés, restaurantes, anfiteatros, playas, parques, plazas, calles, casas particulares, casas de cultura, estaciones de radio, estudios de televisión, salas de conferencia, centros comerciales o donde la imaginación lo aconseje, una o muchas lecturas de poesía, que unidas a otras en distintos puntos del planeta, serán el IV Festival de Poesía: Palabra en el mundo, del 20 al 25 de mayo del 2010.


 

Un poema de amor

No podemos abandonarnos, / nos aburrimos mucho juntos, / tenemos la misma edad, / gustos semejantes, / opiniones diversas por sistema. // Muchas horas, juntos, / apenas nos oíamos respirar / rumiando la misma paradoja / o a veces nos arrebatábamos / la propia nota inexpresada / de la misma canción. // Ninguno de los dos, empero, / aceptaría los dudosos honores / del proselitismo. ("X. V.", Salvador Novo)


 

Banda sonora

Así que algo importante / está a punto de ocurrir. / Despiértame un poco antes, / tal vez me pueda divertir. / Todo lo que pensé / que nunca haría anda por aquí. ("Una nueva prensa musical", Los Planetas).

No hay comentarios: