jueves, 31 de marzo de 2011

Postdata


Y, por supuesto, la Plath. En una de sus fotos más desconocidas. Cuando todavía era feliz.

Una historia en fotografías







El Murakami, la Bishop, el Chimal, Williams Carlos Williams y la Garro con gatos.

martes, 29 de marzo de 2011

La pintura de Elizabeth Bishop

Un descubrimiento. Primero su poesía, después los cuentos. Ahora la pintura.





viernes, 25 de marzo de 2011

83 novelas de Alberto Chimal

Los mundos narrados son pequeñísimos en la página pero se amplifican en la imaginación.
(Alberto Chimal)
83 novelas, como título, sugiere una de esas viejas colecciones de clásicos en un librero a la medida o las obras completas de algún francés prolífico o de Galdós. Y, sin embargo, Alberto Chimal, extraño entre los extraños y siempre al margen de modas y modos, ha reunido bajo ese título, falaz y acertadísimo al mismo tiempo, lo prometido. Y él mismo en su visitadísima bitácora en Internet “Las Historias” explica que son novelas, novellas en su sentido más original, porque en el “italiano de hace muchos siglos: novella era una nota pequeña, una noticita, un aviso breve”.
Y hay dos cosas que son las primeras que llaman la atención en este pequeño volumen. La primera, el hecho de que estando tan de moda las etiquetas como minificción o twittelatura, y aún habiendo nacido la mayoría de los textos como tweets, Chimal se lance, con toda la razón del mundo, a titularlo novelas. La segunda, nada extraña en uno de los pioneros en el país en usar los medios electrónicos al servicio de la literatura y su difusión, es que la manera más sencilla de conseguir este libro, cuya edición impresa, preciosa y bien cuidada según las imágenes que el mismo autor comparte, es de apenas 150, sea precisamente descargándolo en las tres posibilidades que Chimal ofrece gratuitamente en su página.
“El nadador llegó veloz al borde de la alberca. No se detuvo y siguió braceando a través del concreto. Ahora continúa por tu cabeza”.
83 novelas comienza con ese nadador, discreto homenaje quizá al cuento de Cheever, quizá no, que resume perfectamente la idea detrás de los ochenta y tres textos. Acostumbrado como está el lector a que el final sea siempre ese borde de la alberca que es el punto final, Chimal propone, sin ninguna trampa y sin descuidar en ningún momento la calidad y la iluminación de los cuentos, que sea ahí donde comiencen las verdaderas historias y que continúen en la cabeza. La propuesta, aunque de planteamiento sencillo, resulta más compleja de lo que en realidad lo directo, trabajadísimo y logrado, de las novelas hace aparentar. Y en ellas, como en la Comedia Humana de Balzac, el hermano mamotreto este volumen, cabe de todo. Desde las sectas a las que Chimal ya se había dedicado al amor, de la soledad a las multitudes de hormigas jugando futbol, del catalogo Pantone a la muerte (y eso en la misma novela).
“Lisa es áspera, Alma sólo piensa en su cuerpo, Luz siempre está apagada. Y Mía no es”.
Como en mucha de la literatura breve o brevísima hay soluciones en que la propuesta está basada en el juego de palabras, en la habilidad del escritor para que la polisemia sea casi epifánica. En mucha de la literatura breve o brevísima, los autores fallan muchas más veces de las que aciertan. Y en 83 novelas, Chimal, que explicita que en su labor para cerrar este volumen tuvo que “desechar casi todos”, utiliza el recurso menos veces de lo habitual y lo hace con una maestría ante la que el lector sólo puede asombrarse. O entristecerse con ese tristísimo “Mía no es”.
“Esperó un segundo con los ojos cerrados. Los abrió: como todas las veces anteriores, el mundo volvió a existir instantáneamente”.
83 novelas es no un libro para leer, sino para releer. Un libro, a pesar de lo breve, para leer en pequeñas dosis, un par de novelas en un par de minutos o en una sentada en el Ipad durante un trayecto en taxi. 83 novelas, como los libros verdaderamente grandes, los que se quedan en el lector, es un libro que no propone un único modo de leerlo sino que deja que sea quien lo lee el que decida los modos y maneras de uso.
“Por recorte de presupuesto sólo podemos llegar al planteamiento. Disculpen las molestias”.
En 83 novelas, otro de los detalles, de esos que pasan desapercibidos pero que hay que acariciar según Nabokov, es el hecho de que el “recorte de presupuesto” se limita solamente a las palabras, a su número porque las novelas cumplen perfectamente con abarcar una realidad, no toda ni toda desde el mismo ángulo, pero la que atrapan la contiene por completo. Aunque hay que tener cuidado porque como una de las novelas, probablemente una de agentes secretos, propone “Hace un segundo estas palabras no existían. Ahora, atención: dejarán de existir en / 3, / 2, / 1,”. Dejaran de existir hasta la relectura que siempre es pronto en el caso de estas 83 novelas.

Banda sonora
No pretendo competir contigo / aunque lo parezca desde afuera. / No, que yo no quiero pelear / pero es que me cuesta evitar / sentir las ganas de matarte. / Si todo lo que quiero / es saber lo que yo quiero / y ver que dirección tomar, / no dar un paso atrás, / saber que hay algo más. ("Piensa como yo", La bien querida).

miércoles, 23 de marzo de 2011

Hoy, la bien querida



Hay cosas que hubiera preferido no saber,
Y todo lo que sabes que no quiero comprender,
pero hoy al volverte a ver,
decidí empezar a quererte otra vez.
Pero hoy, decidí, otra vez.

¿Qué será la muerte?,
me preguntaste un día,
y no te supe contestar.
Si la muerte es mirar y no verte,
que la muerte es mirar y no verte.

Podría confesarte cualquier cosa de mi vida,
fantasmas congelados que se fueron a otro lado.
Y es que hoy, al volverte a ver
decidí empezar a quererte otra vez.
Pero hoy decidí.

martes, 22 de marzo de 2011

Goodbye, Columbus (Philip Roth)

Si nos identificamos contigo, Dios mío, es porque somos carnales, y posesivos y, por consiguiente, participamos de ti. Yo soy carnal, y sé que tú lo apruebas, no me preguntes cómo pero lo sé. Pero ¿hasta dónde puedo llegar en mi carnalidad? Soy posesivo. ¿Hacia dónde oriento ahora mi posesividad? ¿Dónde coincidimos? ¿De qué eres Tú el premio?
Era una meditación ingeniosa, y de pronto me sentí como avergonzado. Me levanté y salí a la calle, y el ruido de la Quinta Avenida me recibió con una respuesta: ¿Qué premio tienes en mente, schmuck?


Nota: schmuch, en yiddish imbécil.

sábado, 19 de marzo de 2011

Tania James y Mapa de los lugares sin nombre

Echo de menos lo que éramos. Echo de menos algo que ya no existe.
(Tania James)
Para Ana Laura

Mapa de los lugares sin nombre, la primera novela de Tania James, la escritora de ascendencia india de la que Junot Díaz se deshace en elogios, cuenta, entre otras decenas y decenas de personajes la historia de Linno Vallara, la niña accidentada, en unas excelentes primeras páginas que, literalmente explotan y destellan a lo largo de toda la obra, que desarrolla con una única mano un talento singular para el dibujo, sustituto infantil para su imposibilidad de escribir una caligrafía decente con la única mano y la de Anju, su hermana pequeña, inteligente y con la obsesión de viajar a Estados Unidos. Y sobre todo, de la relación entre ambas explicada en una frase, en una sola frase, dejada caer como por azar, que la define perfectamente. Linno “quería que Anju se fuera y al mismo tiempo deseaba que fracasase. No sólo que fracasase, sino que conociera el perdurable lastre del fracaso”.
La novela, de tamaño medio pero que se deja leer perfectamente en dos o tres sentadas, es, sobre todo, una exploración de cómo las traiciones, o, al menos, el poso que estas dejan en eso que llamamos alma, continúan asediando a los personajes que, aunque no saben que el tiempo no regresa y que nadie devuelve los años de vida que se perdieron, continúan empeñados en dejarse asediar por esas “puertas de la mente aún sin explorar por las que una persona puede caer y seguir cayendo”. Continúan angustiados por explicaciones que buscan y encuentran y acomodan cada una de las hermanas a su manera, intentando responder a la pregunta de por qué la aceptación de algo debe ser igual a la derrota.
Mapa de los lugares sin nombre retrata ese momento, ni de infancia ni de madurez ni de adolescencia, que, tarde o temprano le llega a todos y en el que se asume al mismo tiempo que las personas a las que ser ama, a las que se cree amar, son espectros lejanos y, contradictoriamente, que el amor es una huella demasiado profunda como para que nada pueda borrarla ya que se dan momentos como ese en que “ni siquiera estaban casados, pero las líneas de su sonrisa ya estaban inscritas en la imaginación”. La novela de James habla de esos momentos, los decisivos en la vida, esos en los que la balanza no se inclina ni a un lado ni a otro, quizá a ambos al mismo tiempo, y en los que los personajes tienen que elegir sabiendo que, elijan lo que elijan, acabarán perdiendo, la menos, el saber qué hubiera pasado.
Tania James, como parece estar de moda últimamente en bastante de la literatura escrita en inglés y, en menor parte pero también, en la española más reciente, escribe una obra en la que cuenta lo que le pasa a los personajes, pero a través de un narrador que no puede, o no quiere, evitar ir trufando la novela de frases sentenciosas del tipo “los sueños no son los mejores lugares de los que extraer mensajes” o “la autonomía y la madurez requieren cierta distancia”. Y el efecto, aunque cansado a veces, funciona, sobre todo, en la descripción de personajes a los que logra retratar en apenas unas cuantas palabras que lo individualizan para el resto de la obra como, por ejemplo, cuando afirma de uno de ellos que “tiene un aire extraño, una especie de herida en la mirada”. Y retrata en paralelo dos de las sociedad más clasistas, en el sentido de estratificadas socialmente, que se pueden imaginar, uniéndolas en el destino de ambas hermanas: el pequeño pueblo indio de Kerala y el Nueva York de la alta sociedad, mundos que, con todas sus diferencias y con sus diferentes modos de tratar a cada una de las hermanas, no se diferencian en tanto.
Tania James, uno de los nuevo nombres de la en los últimos años cada vez más pujante y ganadora literatura india escrita en inglés, escribe una novela fácil, sin grandes hallazgos narrativos, pero que mantiene una calidad y un interés en la historia de ambas hermanas que, con giros entre sorpresivos y predecibles, hace que nunca decaiga el deseo del lector de seguir hasta que al final las dos, ¿perdonándose?, y con una Anju “convencida de que si se vuelve se encontrará con que está tan sola como siempre”, “tienden los brazos la una hacia la otra”.

Banda sonora
Se ve que no te voy / Se ve que no me vas / Se ve que en realidad solo me quieres / Como a un amigo más / Como algo de siempre // Ya ves me equivoqué / Creí que era feliz / Pensaba que yo lo tenía todo / Tantos amigos, caprichos amores locos // Tengo todo excepto a ti ("Tengo todo excepto a ti", Luis Miguel).

jueves, 17 de marzo de 2011

Para justificar una versión

"De los dos eras tú quien mejor escribía".
(Jaime Gil de Biedma, "Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma").

miércoles, 16 de marzo de 2011

El espíritu de la escalera

Si todos somos dudosos éticamente y nadie es cien por cien bueno (cosa obvia, por otro lado), a lo mejor lo que tienes que hacer es relajarte y ser quien eres.

O apechugar con esa vida de especial "tensión moral" que has elegido.

Tienes incluso una tercera opción, aunque sea la más difícil: intentar cambiar.

Pero andar juzgando a la humanidad entera con una frase hecha... qué tontería.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Cuando no haya otra salida, canta




Y, por supuesto, Los Planetas, en "Mis problemas con la justicia":

El panorama que presentan las noticias,
las horas pasan en las manos del reloj,
en los anuncios de la prensa deportiva
y en el futuro de la única nación.

Y yo aquí sigo buscando
a quién resuelva mis problemas con la justicia,
que para mí es degradante
que mi destino esté regido por cerdos fascistas.

Y no tendría que estar hablando de estas cosas
si tú estuvieras esta noche por aquí.
Se terminó mi presupuesto para drogas
y ha terminado lo que tengo que decir.

Y yo aquí sigo buscando
a quién resuelva mis problemas con la justicia,
que para mí es degradante
que mi destino esté regido por estos cerdos fascistas.

martes, 8 de marzo de 2011

Tres poemas al modo de Anna Górenko

Toda una generación ha pasado a través de mí como una sombra.
(A. A.)

I
En los terribles años de la mediana edad estuve siempre siete meses. Una vez alguien me reconoció. Entonces una mujer que estaba junto a mí, con los labios azules y casi en ruinas, susurró a mi oído. "¿Podrás hablar de esto?". Y le respondí. "Podré." Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que alguna vez había sido un rostro amado.

II
Yo también brindo por la casa y el llanto,
por la vida pasada y la soledad sórdida.
Brindo por ti, por los labios
hermosos aun cuando no eran claros,
por tus ojos fríos y asesinos,
por el mundo grosero y cruel y traicionero.

Pero no sé si brindar
con Dios o maldecirlo
por este mal reparto de la suerte.

III
No, no es ella la que sufre.
Es otra. Ella no podría.
Ella retira los faroles y coloca
velos negros sobre el espejo.
Es de noche.

lunes, 7 de marzo de 2011

Dos de Letras Libres de Marzo

1) Un poema de Manuel Vilas:

Coyoacán

Manuel Vilas se hospedó en un hotel de la cadena nh,

junto al Zócalo, en la ciudad de México.

Salía del hotel con buen humor y paseaba hasta la Catedral.

Se quedaba admirando a los curas mexicanos

porque llevaban sotana y porque creyó haberlos visto antes,

en otra parte del mundo, o de la historia.


Los mexicanos se santiguaban cuando pasaban

por delante de la Catedral

y Vilas hubiera querido hacer lo mismo, por cortesía,

pero no sabía, se le había olvidado,

no podía recordarlo.


A Manuel Vilas le gustaba desayunar por las mañanas

en el piso quinto de su hotel, comía un poco de todo.

Le apetecían la crema de frijoles y las salchichas.

Luego se iba a la Plaza y buscaba un limpiabotas.

Nunca, en su vida, había llevado los zapatos tan brillantes.


Caminaba por la calle Madero y miraba las tiendas.

Miraba los relojes, siempre mirando los relojes

de todas las ciudades de la tierra, como si los relojes

fuesen reales y las ciudades no.


Manuel Vilas fue al barrio de Coyoacán, para ver la casa

en la que murió el poeta español Luis Cernuda.

Casa humilde, pobre hombre, allí tan solo, tan desesperado,

cargando con un país entero, o con dos,

México y España, pobre Luis.

Tocó el timbre de la casa, pero nadie le abrió.


Se sentó en una terraza y se bebió un tequila.


Llamó por el móvil a su mujer y le preguntó

¿qué quieres que te traiga de México?

Y ella le contestó: quiero que vuelvas vivo.

Los viajes te matan el corazón, amor mío,
tu inocente, tu pobre corazón,

amor mío
.


2) Una interesante cita de Descartes en la columna de Hugo Hiriart:


En una carta de Cartesio a Chanut, para ser trasmitida a la reina Cristina, donde explica su principio de asociación (que dice que vinculamos dentro de nosotros hechos sin relación unos con otros), narra: “Yo quería a una muchacha de mi edad que era un poco bizca. La impresión que se hacía por la vista en mi cerebro cuando miraba sus ojos perdidos, se unía de tal manera a la que se hacía para suscitar en mí la pasión del amor, que mucho después, cuando veía algún bizco, me sentía más inclinado a querer a esas personas que otras, solo porque tenían ese defecto y yo no sabía que fuera por eso. Pero, desde que he reflexionado sobre el origen de mi asociación, ya no me conmueven.”

jueves, 3 de marzo de 2011

Una imagen perfecta de Mary Jo Bang

That night she dreamed she lived in a laundry / where everything came clean.

Esa noche ella soñó que vivía en una lavandería / de donde todo salía limpio.

martes, 1 de marzo de 2011

Lo dice Susan Sontag en sus diarios

Mis faltas:
—censurar a otros por mis propios vicios
—convertir mis amistades en aventuras
—pedir que el amor incluya (y excluya) todo

Sartre: “Cuando las opiniones de las personas son tan diferentes, ¿cómo pueden ir siquiera a una película juntas?”

Beauvoir: “Sonreír del mismo modo a los oponentes y a los amigos rebaja los propios compromisos al plano de meras opiniones, y a todos los intelectuales, de derechas o de izquierdas, a su condición común de burgueses”.

Manuel Vilas

Estaba enamorado de sus semejantes. / Nunca vimos a nadie tan enamorado.
(Manuel Vilas)

"Eso está queriendo decir la poesía que he escrito durante estos últimos quince años: que el amor vale la pena y que ser libre, también. / Ama mucho, hermano. / Quémalo todo mucho, hermano. / Me voy a comer el mundo". Con esas significativas palabras resume Manuel Vilas una poesía reunida -ya que no completa- bajo el también significativo título de Amor (Visor Libros, 2010). Amor es un libro que demuestra, volviendo a ellos, la poca variedad de los temas a los que la poesía puede acercarse. El amor, sea a las camareras o a las navajas, tanto las compradas en Lourdes como a las comidas en el barrio de Las Fuentes, sea a un viejo coche o las manos de las cajeras, a América o a la incierta gloria de un miembro de segunda de la Velvet Underground, es lo único, o, al menos, lo primordial, que le interesa al autor, a ese Manuel “Vilas que quería ser una santo”, que “tenía esa marcha” y que quedó en una de las voces más distintivas (y distintas) de la poesía española actual.

La escritura de Manuel Vilas propone, si no un nuevo modo, sí otro acercamiento, uno que supera, consciente o inconscientemente, esas áridas batallas entre conocimiento o experiencia, entre lo pedestre y lo estético. Poesía es todo siempre y cuando nazca de una conciencia poética –y de un quehacer en la escritura omnipresente pero de esos que no se nota- y de una sinceridad personal, entendiendo por personal no la del autor mismo (¿cuánto será biografía aquí?) sino la de la persona que rehace la voz poética. “Vilas, heroico, deberíais besarlo todos hasta la consumación” propone alguien, ¿él mismo autor?, en el poema inédito que cierra el libro y explica en el verso siguiente las razones: “es un rey, el ídolo regresado, el gran brujo, el amor”. Y, en esos dos versos, desprovistos ya de la ironía que varias veces a lo largo del poemario, se jura que no existe, donde puede explicarse la poética final, la que subyace a cualquiera de las “anécdotas” que componen Amor. Vilas ha vuelto, renacido tras unos poemas juveniles que aquí omite salvo unos dieciocho, para transfigurar la escritura en realidad compartida y que cumple esos versos en los que ya el primer Vilas se proponía “custodiar el catillo de mi independencia / ganada en gran batalla /a los hombres, los demonios y los dioses”.

Al lector que se acerca por primera vez a la poesía reunida en Amor le conviene hacer suyas las palabras del autor cuando explica, en un hermoso y directo poema en prosa, “El Inmaduro”, que propone que “siempre hay vistas desconocidas en el acantilado de la vida. Me está matando esto de vivir una sola vida. La gran muerte de vivir en una sola forma” para después explicar en “Manuel Oliveira y otros” la raíz última, la razón, de esas personalizaciones, de las que una, la principal, la más repetida, se llama como el autor: “Toda esa gente que me espera. / Toda esa gente en que me convierto para no morir, / para resucitar y reír y amar”. Y volver siempre al amor: “Mucho amor, amor, amor, amor. Eh, estoy enamorado, eso es todo. / He sido muy feliz y os lego la vida. Mañana resucitaré y me daré una vuelta por ahí. / Eh, mira, mira, ¿qué es esto? La vida. Es la vida”.

La poesía de Manuel Vilas, leída en conjunto, con la perspectiva que da tener El Cielo, Resurrección y Calor en un solo volumen, es la constatación de una voluntad poética, de una voluntad, según el autor tardía, pero que se mantiene constante en temas y en modos de acercamiento: versos largos, poemas dialogados, interlocuciones hacia el poema y hacia el lector, lugares conocidos bajo otros ojos. Vilas en Amor, y en la promesa de los poemas inéditos que cierran el libro, mantiene esa constante que hace de la poesía no algo vitalista, término desinflado ya por el abuso de él, sino de constatación, a veces brutal, a veces nostálgica, de todo lo que puede decirse y que resume en un rotundo “Lo queremos todo. Estamos preparados para la felicidad”. Una felicidad tan plena que es capaz de transmutar uno de los poemas más amargos del siglo veinte, “Fuga de la Muerte” de Celan, en versos de amor exaltado: “Luz de la ciudad, te bebemos de noche. // Luz de la ciudad sobre tu cabello de ceniza Sulamita. // Tengo muchas ganas de esta noche. / Te mataré. Te lo daré. Te daré eso. / nos casaremos. Te lo dare, lo juro. // Te quiero”.

Banda sonora
I saw her today at a reception / A glass of wine in her hand / I knew she would meet her connection / At her feet was her footloose man // No, you can't always get what you want / You can't always get what you want / And if you try sometime you find / You get what you need ("You can’t always get what you want to", The Rolling Stones).